domingo, 19 de diciembre de 2010

Hotel DF: la ciudad entre el absurdo y la ebriedad

Hotel DF es la última novela de Guillermo Fadanelli (libro editado por Random House Mondadori, México: 2010). El personaje principal es Frank Hestrosta. Se trata de un hombre común: no soy un hombre joven, mis músculos duermen la siesta, no se me considera apuesto en casi ningún continente y nunca le he importado a nadie lo suficiente como para que ese alguien sacrifique parte de su vida amándome. La novela se desarrolla alrededor del Hotel Isabel, hostal más o menos corriente ubicado en el centro de la Ciudad de México. Después de haber recibido una retribución económica por haber escrito un artículo, Frank toma esta decisión: como no tiene dinero para ir a Europa y tiene el anhelo de conquistar a una mujer de otro continente, pasa unos días en un hotel de su propia ciudad en donde se hospedan turistas europeos.

Poco a poco, la novela se va poblando de personajes. Sin tapujos, Guillermo Fadanelli describe la tragedia de cada uno de ellos: Stefan Wimer, un alemán holgazán y alcohólico que busca aventuras en la ciudad de México; Laura Gibellini, una española de muy mal humor que en vez de viajar al caribe, cometió el grave error de ir de vacaciones al Distrito Federal; Roberto Davison, un ex-modelo de calzoncillos que ahora ya nadie contrata; Gloria Davison, pareja de Roberto que está allí para ver la debacle de su marido; Gabriel Sandler, junior y artista posmoderno que decide escapar del poder familiar; Sofía Sandler, prima y ferviente admiradora de Gabriel Sandler. Además de estos personajes, hay un grupo de narcotraficantes que guardan dinero en una habitación del hotel Isabel. A través de ellos, Fadanelli hace un retrato de la trágica situación que vive nuestro país.

El lugar más importante de la novela es el bar o la cantina. Cada personaje carga con su absurdo. El bar es el lugar en donde sale a relucir lo nefasto de cada existencia. Cito uno de los pasajes mejor logrados por Guillermo Fadanelli:

Ya está. He bebido demasiado coñac y café en un bar de la calle Gante, un tugurio que en sus épocas galopantes fue visitado por periodistas y escritores. El coñac suele trasladarme fuera del mundo de las cosas reales, aunque nadie sabe qué significa eso, “el mundo”, y aún es probable que uno abandone el mundo para entrar de nuevo al mismo sitio, no como un eterno retorno, pero sí como un aburrido retorno, un jodido y aburridísimo retorno. Después de media botella se me ha metido en la cabeza visitar a una mujer con quien estuve dos veces en la cama en un lapso de cinco años. La ocurrencia se ha hecho verdad y ahora merodeo alrededor de la estación del metro Salto del Agua tratando de recordar en qué edificio precisamente vive esta mujer.

Son las cuatro de la tarde y ella se encuentra en su departamento sin imaginarse lo cerca que está de recibir una visita insólita. La experiencia dice lo siguiente: los hombres beben y comienzan a recordar a todas las mujeres que han amado, las sacan de bajo las piedras, las inventan, lo que sea, pero ellas deben existir porque si no entonces los borrachos se encuentran perdidos y son sólo unos idiotas mentirosos, uso idiotas desprovistos de un objeto de veneración. Ella se mantiene al tanto de que las cosas son así, lo que no adivina es cuándo llegará su turno para ingresar en la mente del ebrio, y menos aún sospecha que la mente del ebrio está flotando en mi cabeza y que me aproximo por medio de pasos cortos y sosegados, curioso, a su departamento, a punto de pisar las escaleras. Ha pasado mucho tiempo desde que entramos juntos a la cama, en aquellos tiempos hasta los gatos besaban a las ratas y nadie contaba más allá del número ocho. Nada como recordar y sufrir el pasado para que todo suceda de nuevo en mis vísceras, las explosiones solares y las mujeres, sucesos ambos acaecidos en tiempos remotos, se anuncian de pronto en mi memoria y nadie podrá detenerme. ¿Un ebrio enamorado repentinamente? La escoria absoluta. (Fadanelli, 2010: 154-155)

Ebrio, Frank Hestrosta visita a Susana Servín. Ese es el absurdo de Frank Hestrosta: con la ilusión de tener un nuevo romance con una mujer europea, pagó varios días de hospedaje en hotel Isabel y ahora se encuentra tocando a la puerta de una antigua amante. Digamos que el alcohol puede poner las cosas en su lugar. Además, Frank Hesrosta tiene la ventaja de que ha viajado a Europa sin salir de su ciudad; por ello, en momento de tremenda soledad, puede visitar a Susana Servín. Si Frank estuviera en Madrid, ¿a quién podría visitar?

Una perspectiva interesante de la novela es la descripción del alcohol y sus efectos. Los personajes de Fadanelli se alcoholizan y encuentran su verdad última en la experiencia de la ebriedad. No sólo eso, el alcohol es opción de sobre vivencia en una ciudad que, a pesar de contar con millones de habitantes, parece despoblada: el alcohol es ideal para hacer amigos en esta soledad que parece remontarse a los comienzos del mundo (Fadanelli, 2010: 93).

El alcohol coloca al humano frente al absurdo. Según Climent Rosset, el alcohol es una vía de acceso a lo real. En algunos episodios de ebriedad, el humano permanece en su propia e irremediable existencia: sin salida, idiota, única. Por ello, Rosset insiste en que la borrachera puede ser una experiencia ontológica:

La embriaguez puede ser invocada como una de las posibles vías de acceso a la experiencia ontológica, al sentimiento del ser, porque el borracho ve que hay una rosa y que existe sin motivo, como decía Heidegger citando a Angelus Silesius: "La rosa existe sin motivo, florece porque florece. No se preocupa de sí misma, no desea ser vista." Pero lo que percibe el borracho es, ante todo, la cosa captada en sus singularidad, es decir, una unicidad que contribuye a hacer aparecer a la vez como prodigio —por lo que vocifera y llama la atención de los transeúntes hacia ella— y como fenómeno incognoscible, incomprensible. La cosa misma es de tal modo única, bastándose a sí misma y encerrándose en sí misma, que carece precisamente de cualquier otra cosa a partir de la cual se la pudiera interpretar: es eso y nada más eso, está ahí y nada más que ahí. (Rosset, 2004: 59-60)

El ebrio se ve inmerso en un mundo que pierde profundidad y sentido. Por ello, aquel que está en estado de ebriedad aguda puede hacer idioteces (según Rosset, "idiota" significa hacer algo que carece de sentido: simple, único), acceder a cualquier experiencia sexual, decir esto o aquello. En la borrachera, hay una pérdida de sentido que abre la posibilidad de que suceda cualquier cosa. Frente a la pérdida de sí, todo vale lo mismo. Esta pérdida de significado está anticipada por un júbilo mezclado con algo de angustia: cuando todo vale igual, se tiene la sensación de libertad. Sin embargo, cuando la embriaguez desborda la conciencia, el briago puede quedar al servicio del goce del otro: en posición de desecho, su suerte quede dispuesta al arbitrio del otro.

Bajo esta perspectiva, se puede comprender como el borracho se puede defender del sinsentido —en el momento de descenso a su propio Hades— con la ilusión de un amor. Quizás, Frank Hestrosta visita a Susana Servín para no caer tan bajo. Sin embargo, ella no lo detiene. Al final de este capítulo, Frank Hestrosta parte y apuesta por la misma carta: una vida plana y sin boleros, anestesiada y sin deseo.

Estoy de nuevo en la calle, unos kilos más de angustia a mi cuenta, camino por López hasta Ayuntamiento, dudo entre tomarme otro coñac por allí o comprar una botella y volver al hotel. Elijo lo segundo pese a considerar mi decisión de pésimo gusto, nunca saldré de la miseria psicológica, me reclamo como es costumbre y en seguida compro una botella de Hennesy en La Europea, hecho que me restará un día de vida en el Isabel, pero quiero beber y olvidar así el olor a los pollos muertos y las plumas adosadas al pavimento, un olor pegajoso instalado en los pulmones, sí, un Hennesy es capaz de paliar esas sensaciones, y más aún. Me han entrado auténticos deseos de llorar y ningún bolero vuelve a mi cabeza, todo se ha ido, la imaginación, el deseo, la ciudad, sólo me queda un habitación que Flora habrá dejado impecable. Y hacia allá dirijo mis pasos. (Fadanelli, 2010: 158)

Esta divertida y bien escrita novela de Guillermo Fadanelli muestra a la ciudad de México como cualquier otra ciudad de este mundo: la constante es la indiferencia ante el dolor y el absurdo de las existencias deserotizadas que transcurren entre las toxicomanías, el comercio, la crueldad y la desesperanza.

Referencias:

Fadanelli, G. (2010) Hotel DF. México: Random House Mandadori, 2010.

Rosset, C. (2004) Lo real. Tratado de la idiotez. Madrid: Pre-textos, 2004.

viernes, 17 de diciembre de 2010

La Vida

La Vida toma aviones y se aleja;

sale de día, de noche, a cada instante

hacia remotos aeropuertos.


La vida se va, se fue, llega más tarde;

es difícil seguirla: tiene horarios

imprevistos, secretos;

cambia de ruta, sueña a bordo, vuela.


La Vida puede llegar ahora, no sabemos,

puede estar en Nebraska, en Estambul,

o ser esa mujer que duerme

en la sala de espera.


La vida es el misterio en los tableros

los viajantes que parten o regresan,

el miedo, la aventura, los sollozos,

las nieblas que nos quedan del adiós

y los aviones puros que se elevan

hacia los aires altos del deseo.


Poema La Vida de Eugenio Montejo.

jueves, 16 de diciembre de 2010

El absurdo y El mito de Sísifo

En El arco y la lira, Octavio Paz dice que el hombre puede tolerar la ambigüedad, la contradicción, la locura o el embrollo, pero no la carencia de sentido. A diferencia de Paz, Camus (2009: 72) dice esto: anteriormente se trataba de saber si la vida, para ser vivida, debía tener un sentido. Ahora parece, por el contrario, que se la vivirá tanto mejor cuanto menos sentido tenga. Podemos decir que El mito de Sísifo de Camus es un libro que se funda en una sola afirmación: la existencia es un absurdo. Se trata del quehacer diario que es la existencia misma, del cuidado constante que no resiste los ¿para qué? Hay un hacer diario que no tiene otro fin que la existencia misma: Despertar, tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, cena, sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado al mismo ritmo, es una ruta fácil de seguir… Se trata del hacer de cada día y cada día volver a empezar. El texto de Camus —que sigue el método de la obstinación— hace una transmutación de la falta de sentido y de la muerte: precisamente porque la existencia no tiene sentido es que puede ser vivida. Advertir el absurdo implica considerar la muerte como una certeza indeterminada: sabemos que sucederá, pero no cuando. Por lo tanto, el absurdo parte de la idea de que algún día ya no habrá mañana. Ese día puede ser hoy. Bajo esta perspectiva, la consideración del absurdo puede entregar la libertad de vivir: el hombre es su propio fin. Y es su único fin. Si quiere ser algo, es en esta vida (Camus, 2009: 114). Así, la existencia se convierte en un poder soportar un absurdo que pueda ser afirmación de vida. La vida sólo puede afirmarse por sí misma a través de los acontecimientos de lo absurdo: la experiencia erótica, creadora y aventurera. Por ello, el autor hace una reivindicación del mito de Sísifo: habrá que imaginar feliz a aquel hombre que levanta una gran roca a la cumbre para luego ver como vuelve a caer. Lo interesante es que —nos dice Camus— no podemos imaginar a Sísifo triste, porque sólo es triste aquel que ignora o espera. Para Sísifo, se trata de la existencia sin esperanza. Nosotros no podemos agregar esperanzas falsas. No hay existencia sin absurdo; cualquiera lo intuye. Lo interesante del libro de Camus es la reivindicación que hace del absurdo: en vez de tragedia, puede ser posibilidad. El absurdo puede ser aventura y creación erótica.


Referencia:

Camus, A. (2009). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza editorial, 2009.

martes, 14 de diciembre de 2010

Vemos solamente todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, empujarla y ayudarla a subir por una pendiente cien veces recomenzada; vemos el rostro crispado, la mejilla pegada contra la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de greda, un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguirdad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de este prolongado esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, llega a la meta. Sísifo contempla entonces cómo la piedra rueda en unos instantes hacia ese mundo inferior del que habrá de volver a subirla a la cumbre. Y regresa al llano [...] Se habrá comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su pasión por la vida le valieron ese suplicio indecible en el cual todo el ser se dedica a no matar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra [...] Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. También el juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin dueño no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esa piedra, cada fragmento mineral de esa montaña llena de noche, forma por sí solo un mundo. La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.

Camus, A. El mito de Sísifo. Madrid: Alianza Editorial, 2008.

jueves, 13 de mayo de 2010

ENSAYO SOBRE EL DESEO DE VOLAR Y LA GRAVEDAD DE LOS CUERPOS


Hay que volar en este tiempo, a dónde? Sin alas, sin avión, volar sin duda: ya los pasos pasaron sin remedio, no elevaron los pies del pasajero. Hay que volar a cada instante como las águilas, las moscas y los días, hay que vencer los ojos de Saturno y establecer allí nuevas campanas. Ya no bastan zapatos ni caminos, ya no sirve la tierra a los errantes, ya cruzaron la noche las raíces, y tú aparecerás en otra estrella determinadamente transitoria convertida por fin en amapola.
Pablo Neruda.


Hay que volar en este tiempo, a dónde? Partamos de una observación: el humano está obsesionado con volar. Interroguemos a los descendientes de los hermanos Wright: ¿no tener alas es una deficiencia de nuestra especie? Lo cierto es que no volamos: Mientras yo no pueda respirar bajo el agua, o volar (pero de verdad volar, yo solo, con mis brazos), tendrá que gustarme caminar sobre la tierra, y ser hombre, no pez ni ave, escribió Jaime Sabines. Pero al hombre no le gusta ser hombre: inventó los ángeles para imaginarse en los aires; también, para imaginar que alguien escuchaba sus pensamientos. Así sucede En las alas del deseo, película dirigida por Wenders en la cual los ángeles quieren ser terrestres: además de crear seres alados, el humano los imagina deseando ser sensorialmente pesados. No contento, el homo sapiens demens (término propuesto por Morin) imaginó al Pegaso, creó globos, construyó aviones…

Propongo tomar en serio la pregunta por el anhelo de tener alas: ¿por qué al hombre le molesta no poder volar? Sugiero una respuesta: porque el cuerpo aploma. La gravedad de la vida es el peso del cuerpo:

La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo caerás del cenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.
Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.
Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.


En semejante caída libre, descrita por Vicente Huidobro, no estaría mal que de vez en cuando nos salieran alas. Sin embargo, el carácter de arrojados, del vientre de la madre a la muerte —ser para la muerte, decía Heidegger—, es un existencial humano: ¡nacer para vivir de nuestra muerte!, exclamaba Vallejo. El cuerpo es pesado: pesa de sangre, de viseras, de agua, de huesos, de muerte… Pero también pesa de años, de recuerdos, de memoria en la piedra…

A casi un mes de morir, Freud (2003) escribió un manuscrito con el título Conclusiones, ideas, problemas. Allí, hay una nota: Psyche ist ausgedehnt: weiss nichts davon (La psique es extensa, pero nada sabe de ello [traducción de Ballesteros]). Resumamos la lectura que hace Nancy (2003): Psique es extensa, si se considera a Descartes, significa: Psique es cuerpo. Pero nada sabe de ello… Psique, sobre lo ello, nada sabe. Sobre eso, Psique nada sabe. Lo ello, lo sabemos con Freud, es existencia abierta a la pulsión: a la desmesura del cuerpo, al dolor de los afectos. El inconsciente es el ser extenso de la psique, subraya Nancy. Psiquismo es espacio de intersección entre cuerpo, cultura y mundo exterior.

El cuerpo se pesa desde el primer grito. Pero el problema para el humano no es sólo el peso del cuerpo, sino su caída: ¿no nos habremos inventado el cielo con el solo fin de hacer que los cuerpos decaigan?, se pregunta el filósofo francés. Quignard ya había observado la fascinación del humano por aquellas partes del cuerpo que se resisten y se disponen a caer: los senos, las nalgas, el pene: hay que volar, escribe Neruda.

El deseo de volar es el deseo de eliminar la gravedad del cuerpo: ¿quién no ha soñado que vuela? Volamos en sueños, con las alas del deseo. En 1900, Freud (1984a) decía que solamente un deseo puede impulsar a trabajar a nuestro aparato anímico: pensamos, hablamos, imaginamos porque deseamos. Durante los últimos siglos, La interpretación de los sueños es el estudio más complejo que se ha escrito sobre el deseo. Allí, señalaba el fundador del psicoanálisis, el sueño es una realización desfigurada del deseo: una realización enloquecida del deseo. A pesar de que no nos elevamos ni un milímetro de la cama, volamos cuando soñamos. Alucinamos cuando soñamos. Luego, despertamos para seguir durmiendo…

Según Freud, el deseo que pone a trabajar al aparato anímico tiene dos características: es un deseo infantil y es un deseo sexual. Avancemos por partes.

El deseo de volar es un deseo infantil. Para el infans, ser deseado es condición de vida. El cuerpo irrumpe, en estado de desamparo originario, con gritos y patadas. El Otro auxiliar —la madre como función— interpreta el dolor y ofrece un don: el pecho, por ejemplo. El deseo del otro que auxilia hace posible la vida del neonato: deseo que vivas. Digámoslo: nacemos dos veces. Primero, como cuerpo arrojado, caído al mundo; después, como cuerpo libidinazado, arropado por el deseo del otro. La madre lo acaricia, lo interpreta, lo envuelve de palabras, fantasías e historias. El reto es no quedarse en esa primera versión de la propia historia.

El deseo, desde el inicio, es deseo del Otro (Lacan). Vivimos porque otro así lo deseó. Lo que sigue es separación: el otro se va. Al infans, solo, en su cuna, se le apaga la luz: desaparición. Desde allí, para siempre, falta otro cuerpo. Pero ¿por qué falta?, ¿porqué se ha ido?, ¿qué desea? Escena y fantasía primaria: el cuerpo ausente se encuentra con un tercero. En un psicoanálisis, se considera lo que cada sujeto obtiene de conocimiento de sí mismo a partir de la relación con un otro ausente y de los medios que ha utilizado en la vida para remediar esa ausencia (Green, 2005a). En boca de Aristófanes, Platón decía que el del humano es un cuerpo seccionado; por ello, sexuado (sexo, sección, seccionado). Al respecto, André Green (2005b) insiste: psiquismo es la relación entre dos cuerpos en donde uno está ausente. El deseo sexual es la búsqueda de otro cuerpo; sin embargo, sólo hay encuentros furtivos.

Insistamos: la sexualidad es el placer de los placeres porque el acto sexual, según Freud (1984b), es en su totalidad un placer de satisfacción, y con él se elimina temporariamente la tensión de la libido. Según Piera Aulagnier (2007), siguiendo al psicoanalista vienés, el acto sexual implica lo siguiente:

Durante la fugitiva unión de dos cuerpos (expresión que se debe entender en el sentido propio de una parte de un cuerpo que colma una abertura del otro), el sujeto puede permitirse no diferenciar lo que ocurre en uno y otro. Lo que mediante su propio órgano sexual el hombre experimenta en su cuerpo y lo que el cuerpo del partenaire siente gracias a ese mismo órgano pueden presentarse bajo la forma de lo idéntico durante el tiempo de un goce que, efectivamente, elimina el espacio que separa dos cuerpos. Solo en un momento posterior la pregunta resurgirá con su carga de duda e inquietud.

Si, a partir de la cita de Aulagnier, se sigue el discurso de Aristófanes, en el Banquete, se puede afirmar lo siguiente: por estar irremediablemente seccionado, el acto sexual es el único consuelo que le queda al humano.

En psicoanálisis, el cuerpo implica una tensión psíquica llamada libido que apela a hacer un trabajo y buscar un trámite: la relación entre psique y cuerpo es de una tensión constante. La meta —cancelar el desasosiego llamado cuerpo— no se alcanza por completo. Ser cuerpo es vivir en tensión. Psique es el trabajo humano que implica esta tensión: un cuerpo que se siente, se goza. El deseo se dirige a eliminar este excedente; así, el humano intenta obtener un plus de placer. A la vez, el deseo de no deseo es la muerte por inanición. Por deseo, se acercan dos cuerpos; sin embargo, la fusión es una fantasía. La tensión llamada libido sólo es eliminada temporariamente, señala Freud. Luego, la amapola se marchita: si hay una flor que se abre una única noche, no por eso su florescencia nos parece menos esplendente, concluye Freud (1984c)

A pesar de que en un momento asi parezca, la fugitiva unión de los cuerpos no elimina la irreductible diferencia de los sexos. La amenaza de castración y la envidia del pene son los términos utilizados en psicoanálisis para describir el continente incierto y oscuro que cada uno de los sexos visita cuando arriba a una tierra extranjera. El otro sexo es ante todo lo otro del otro cuerpo: lo radicalmente diferente. La roca dura de la castración y la envidia del pene es el nombre del cuerpo ausente que transitoriamente aparece: el mío.

El deseo es sexual porque es la búsqueda de otro cuerpo que siempre se sustrae. Lo sometido a lo largo de la historia es lo femenino: lo inaprensible del otro amenaza. El deseo no se colma, pero se sueña con volar. El peso del cuerpo es la gravedad del cuerpo seccionado. El deseo de volar es deseo sexual y deseo de la infancia: anhelo por un otro que elimine no sólo la gravedad del cuerpo sino el desamparo. Búsqueda de otro cuerpo que colme al propio. Ese cuerpo ya no puede ser el primero: se perdió para siempre.

La prohibición del incesto es la condición del deseo. Hay posibilidad de placer sólo cuando hay asunción del cuerpo seccionado y exilio de la tierra natal: a partir del momento en que el sujeto acepta conjugar, aunque solo sea en presente, el verbo amar, aborda una tierra extraña que únicamente lo aceptará si olvida de una manera radical su suelo original, dice Aulagnier (2003).

De la prohibición del incesto se deriva el deseo sexual: permite salir de Tebas. Por ello, ambos (prohibición y deseo) son el fundamento del Edipo, complejo construido por Freud en el cual confluyen los intercambios entre los cuerpos seccionados, la diferencia de los sexos y las generaciones. Tejido de deseos, de muertes y de prohibiciones, el complejo de Edipo es el principio de la exogamia y del intercambio cultural.

Desear permite salir del nido. Por eso, cuando el humano desea, parece que le crecen alas: ¿para volar a dónde? A donde sea. Volar como moscas para vencer los ojos de Saturno, a la mirada llamada melancolía. Así, con Neruda se comprende a Girondo:

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Al final, en El lado oscuro del corazón, el protagonista es aquel quien no puede volar: cae porque le ganó la gravedad. Se traicionó: su condición al amor era inhumana. Después, ellos volaban juntos: ¿es un sueño? Girondo describe el anhelo por una mujer que sepa volar, pero el otro cuerpo (que es el propio) cae. Diana Ballesi escribe:

Cae. Cae en sí. Cae. En la irreconocible marea de la materia cae. El otro cuerpo, su cuerpo cae. Al otro profundo de sí cae, el canto de los búhos, timbales del monte nocturno, uno en otro, cae

El problema no es que otro no sepa volar; es no poder volar con el otro. El otro se esfuma en el cielo como palomas que levantan el vuelo cuando se las quiere atrapar: la positividad misma del amor está en su negatividad, dice Levinas. Además, ningún humano vuela: aunque parecía que nos elevábamos juntos, el amor termina. El otro cuerpo, con el que me relaciono (que es siempre el mío), está en caída libre; por ello, el amor es una eterna despedida...

A cada lado del río, lo que queda, en la tierra, no es volar sino tender puentes desde el otro borde. Entre uno y otro cuerpo, el pene es el puente y lo abierto es el puerto; las manos, la lengua, las palabras, las cartas de amor, también lo son. Queda ser cuerpo que recibe las ausencias del otro: su recuerdo. Además, remando se funda un espacio entre el nacimiento y la muerte: sin poder volar, Guimarães tuvo que crear La tercera orilla del río. Ante la gravedad del cuerpo, la memoria y el espacio entre dos sexos, carente de alas, el humano no deja de desear. No dejará…

Yo no sé de pájaros,
No conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Alejandra Pizarnik

Guadalajara, Jal. a 10 de diciembre de 2009 en la presentación del 10º número de la revista semestral de psicoanálisis Non nominus.


Referencias:
Aulagnier, P. (2007) La violencia de la interpretación, del pictograma al enunciado. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Bellesi,D. Waganagaedzi, el gran andante.
Freud, S. (1984a) Obras Completas. Vol. V. La interpretación de los sueños. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (1984b) Obras Completas. Vol. VII. Tres ensayos de teoría sexual. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (1984c) Obras Completas. Vol. XIV. La transitoriedad. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (2003). Obras Completas. Tomo III. Conclusiones, ideas, problemas. Madrid: Biblioteca nueva.
Girando, O. No se me importa un pito... (fragmento)
Green, A. (2005). La causalidad psíquica. Entre naturaleza y cultura. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Green, A. (2005b). Ideas directrices par aun psicoanálisis contemporáneo: desconocimiento y reconocimiento del inconsciente. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Huidobro, V. Altazor (fragmento).
Nancy, J-L. (2003) Corpus. Madrid: Arena libros,
Neruda, P. Soneto XCVII de los Cien sonetos de amor.
Pizarnik, A. La carencia.
Sabines, J. No quiero convencer a nadie de nada (fragmento).

lunes, 10 de mayo de 2010

Inicio

Cuento la anécdota: por azares de la práctica clínica, entré a "facebook". Lo cierto es que me ha traído más problemas que ventajas: el pasado reclama, los presentes se hacen ausentes, el futuro es un enredo; prefiero los "blogs". Espero, en éste, poder hacer posible la escritura. Internet es un espacio privilegiado de la libre escritura. Haremos de este espacio cibernético, un lugar lúdico. ¿Cómo lo lograremos? Tampoco yo lo sé, algo se nos ocurrirá...