jueves, 13 de mayo de 2010

ENSAYO SOBRE EL DESEO DE VOLAR Y LA GRAVEDAD DE LOS CUERPOS


Hay que volar en este tiempo, a dónde? Sin alas, sin avión, volar sin duda: ya los pasos pasaron sin remedio, no elevaron los pies del pasajero. Hay que volar a cada instante como las águilas, las moscas y los días, hay que vencer los ojos de Saturno y establecer allí nuevas campanas. Ya no bastan zapatos ni caminos, ya no sirve la tierra a los errantes, ya cruzaron la noche las raíces, y tú aparecerás en otra estrella determinadamente transitoria convertida por fin en amapola.
Pablo Neruda.


Hay que volar en este tiempo, a dónde? Partamos de una observación: el humano está obsesionado con volar. Interroguemos a los descendientes de los hermanos Wright: ¿no tener alas es una deficiencia de nuestra especie? Lo cierto es que no volamos: Mientras yo no pueda respirar bajo el agua, o volar (pero de verdad volar, yo solo, con mis brazos), tendrá que gustarme caminar sobre la tierra, y ser hombre, no pez ni ave, escribió Jaime Sabines. Pero al hombre no le gusta ser hombre: inventó los ángeles para imaginarse en los aires; también, para imaginar que alguien escuchaba sus pensamientos. Así sucede En las alas del deseo, película dirigida por Wenders en la cual los ángeles quieren ser terrestres: además de crear seres alados, el humano los imagina deseando ser sensorialmente pesados. No contento, el homo sapiens demens (término propuesto por Morin) imaginó al Pegaso, creó globos, construyó aviones…

Propongo tomar en serio la pregunta por el anhelo de tener alas: ¿por qué al hombre le molesta no poder volar? Sugiero una respuesta: porque el cuerpo aploma. La gravedad de la vida es el peso del cuerpo:

La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo caerás del cenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.
Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.
Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.


En semejante caída libre, descrita por Vicente Huidobro, no estaría mal que de vez en cuando nos salieran alas. Sin embargo, el carácter de arrojados, del vientre de la madre a la muerte —ser para la muerte, decía Heidegger—, es un existencial humano: ¡nacer para vivir de nuestra muerte!, exclamaba Vallejo. El cuerpo es pesado: pesa de sangre, de viseras, de agua, de huesos, de muerte… Pero también pesa de años, de recuerdos, de memoria en la piedra…

A casi un mes de morir, Freud (2003) escribió un manuscrito con el título Conclusiones, ideas, problemas. Allí, hay una nota: Psyche ist ausgedehnt: weiss nichts davon (La psique es extensa, pero nada sabe de ello [traducción de Ballesteros]). Resumamos la lectura que hace Nancy (2003): Psique es extensa, si se considera a Descartes, significa: Psique es cuerpo. Pero nada sabe de ello… Psique, sobre lo ello, nada sabe. Sobre eso, Psique nada sabe. Lo ello, lo sabemos con Freud, es existencia abierta a la pulsión: a la desmesura del cuerpo, al dolor de los afectos. El inconsciente es el ser extenso de la psique, subraya Nancy. Psiquismo es espacio de intersección entre cuerpo, cultura y mundo exterior.

El cuerpo se pesa desde el primer grito. Pero el problema para el humano no es sólo el peso del cuerpo, sino su caída: ¿no nos habremos inventado el cielo con el solo fin de hacer que los cuerpos decaigan?, se pregunta el filósofo francés. Quignard ya había observado la fascinación del humano por aquellas partes del cuerpo que se resisten y se disponen a caer: los senos, las nalgas, el pene: hay que volar, escribe Neruda.

El deseo de volar es el deseo de eliminar la gravedad del cuerpo: ¿quién no ha soñado que vuela? Volamos en sueños, con las alas del deseo. En 1900, Freud (1984a) decía que solamente un deseo puede impulsar a trabajar a nuestro aparato anímico: pensamos, hablamos, imaginamos porque deseamos. Durante los últimos siglos, La interpretación de los sueños es el estudio más complejo que se ha escrito sobre el deseo. Allí, señalaba el fundador del psicoanálisis, el sueño es una realización desfigurada del deseo: una realización enloquecida del deseo. A pesar de que no nos elevamos ni un milímetro de la cama, volamos cuando soñamos. Alucinamos cuando soñamos. Luego, despertamos para seguir durmiendo…

Según Freud, el deseo que pone a trabajar al aparato anímico tiene dos características: es un deseo infantil y es un deseo sexual. Avancemos por partes.

El deseo de volar es un deseo infantil. Para el infans, ser deseado es condición de vida. El cuerpo irrumpe, en estado de desamparo originario, con gritos y patadas. El Otro auxiliar —la madre como función— interpreta el dolor y ofrece un don: el pecho, por ejemplo. El deseo del otro que auxilia hace posible la vida del neonato: deseo que vivas. Digámoslo: nacemos dos veces. Primero, como cuerpo arrojado, caído al mundo; después, como cuerpo libidinazado, arropado por el deseo del otro. La madre lo acaricia, lo interpreta, lo envuelve de palabras, fantasías e historias. El reto es no quedarse en esa primera versión de la propia historia.

El deseo, desde el inicio, es deseo del Otro (Lacan). Vivimos porque otro así lo deseó. Lo que sigue es separación: el otro se va. Al infans, solo, en su cuna, se le apaga la luz: desaparición. Desde allí, para siempre, falta otro cuerpo. Pero ¿por qué falta?, ¿porqué se ha ido?, ¿qué desea? Escena y fantasía primaria: el cuerpo ausente se encuentra con un tercero. En un psicoanálisis, se considera lo que cada sujeto obtiene de conocimiento de sí mismo a partir de la relación con un otro ausente y de los medios que ha utilizado en la vida para remediar esa ausencia (Green, 2005a). En boca de Aristófanes, Platón decía que el del humano es un cuerpo seccionado; por ello, sexuado (sexo, sección, seccionado). Al respecto, André Green (2005b) insiste: psiquismo es la relación entre dos cuerpos en donde uno está ausente. El deseo sexual es la búsqueda de otro cuerpo; sin embargo, sólo hay encuentros furtivos.

Insistamos: la sexualidad es el placer de los placeres porque el acto sexual, según Freud (1984b), es en su totalidad un placer de satisfacción, y con él se elimina temporariamente la tensión de la libido. Según Piera Aulagnier (2007), siguiendo al psicoanalista vienés, el acto sexual implica lo siguiente:

Durante la fugitiva unión de dos cuerpos (expresión que se debe entender en el sentido propio de una parte de un cuerpo que colma una abertura del otro), el sujeto puede permitirse no diferenciar lo que ocurre en uno y otro. Lo que mediante su propio órgano sexual el hombre experimenta en su cuerpo y lo que el cuerpo del partenaire siente gracias a ese mismo órgano pueden presentarse bajo la forma de lo idéntico durante el tiempo de un goce que, efectivamente, elimina el espacio que separa dos cuerpos. Solo en un momento posterior la pregunta resurgirá con su carga de duda e inquietud.

Si, a partir de la cita de Aulagnier, se sigue el discurso de Aristófanes, en el Banquete, se puede afirmar lo siguiente: por estar irremediablemente seccionado, el acto sexual es el único consuelo que le queda al humano.

En psicoanálisis, el cuerpo implica una tensión psíquica llamada libido que apela a hacer un trabajo y buscar un trámite: la relación entre psique y cuerpo es de una tensión constante. La meta —cancelar el desasosiego llamado cuerpo— no se alcanza por completo. Ser cuerpo es vivir en tensión. Psique es el trabajo humano que implica esta tensión: un cuerpo que se siente, se goza. El deseo se dirige a eliminar este excedente; así, el humano intenta obtener un plus de placer. A la vez, el deseo de no deseo es la muerte por inanición. Por deseo, se acercan dos cuerpos; sin embargo, la fusión es una fantasía. La tensión llamada libido sólo es eliminada temporariamente, señala Freud. Luego, la amapola se marchita: si hay una flor que se abre una única noche, no por eso su florescencia nos parece menos esplendente, concluye Freud (1984c)

A pesar de que en un momento asi parezca, la fugitiva unión de los cuerpos no elimina la irreductible diferencia de los sexos. La amenaza de castración y la envidia del pene son los términos utilizados en psicoanálisis para describir el continente incierto y oscuro que cada uno de los sexos visita cuando arriba a una tierra extranjera. El otro sexo es ante todo lo otro del otro cuerpo: lo radicalmente diferente. La roca dura de la castración y la envidia del pene es el nombre del cuerpo ausente que transitoriamente aparece: el mío.

El deseo es sexual porque es la búsqueda de otro cuerpo que siempre se sustrae. Lo sometido a lo largo de la historia es lo femenino: lo inaprensible del otro amenaza. El deseo no se colma, pero se sueña con volar. El peso del cuerpo es la gravedad del cuerpo seccionado. El deseo de volar es deseo sexual y deseo de la infancia: anhelo por un otro que elimine no sólo la gravedad del cuerpo sino el desamparo. Búsqueda de otro cuerpo que colme al propio. Ese cuerpo ya no puede ser el primero: se perdió para siempre.

La prohibición del incesto es la condición del deseo. Hay posibilidad de placer sólo cuando hay asunción del cuerpo seccionado y exilio de la tierra natal: a partir del momento en que el sujeto acepta conjugar, aunque solo sea en presente, el verbo amar, aborda una tierra extraña que únicamente lo aceptará si olvida de una manera radical su suelo original, dice Aulagnier (2003).

De la prohibición del incesto se deriva el deseo sexual: permite salir de Tebas. Por ello, ambos (prohibición y deseo) son el fundamento del Edipo, complejo construido por Freud en el cual confluyen los intercambios entre los cuerpos seccionados, la diferencia de los sexos y las generaciones. Tejido de deseos, de muertes y de prohibiciones, el complejo de Edipo es el principio de la exogamia y del intercambio cultural.

Desear permite salir del nido. Por eso, cuando el humano desea, parece que le crecen alas: ¿para volar a dónde? A donde sea. Volar como moscas para vencer los ojos de Saturno, a la mirada llamada melancolía. Así, con Neruda se comprende a Girondo:

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Al final, en El lado oscuro del corazón, el protagonista es aquel quien no puede volar: cae porque le ganó la gravedad. Se traicionó: su condición al amor era inhumana. Después, ellos volaban juntos: ¿es un sueño? Girondo describe el anhelo por una mujer que sepa volar, pero el otro cuerpo (que es el propio) cae. Diana Ballesi escribe:

Cae. Cae en sí. Cae. En la irreconocible marea de la materia cae. El otro cuerpo, su cuerpo cae. Al otro profundo de sí cae, el canto de los búhos, timbales del monte nocturno, uno en otro, cae

El problema no es que otro no sepa volar; es no poder volar con el otro. El otro se esfuma en el cielo como palomas que levantan el vuelo cuando se las quiere atrapar: la positividad misma del amor está en su negatividad, dice Levinas. Además, ningún humano vuela: aunque parecía que nos elevábamos juntos, el amor termina. El otro cuerpo, con el que me relaciono (que es siempre el mío), está en caída libre; por ello, el amor es una eterna despedida...

A cada lado del río, lo que queda, en la tierra, no es volar sino tender puentes desde el otro borde. Entre uno y otro cuerpo, el pene es el puente y lo abierto es el puerto; las manos, la lengua, las palabras, las cartas de amor, también lo son. Queda ser cuerpo que recibe las ausencias del otro: su recuerdo. Además, remando se funda un espacio entre el nacimiento y la muerte: sin poder volar, Guimarães tuvo que crear La tercera orilla del río. Ante la gravedad del cuerpo, la memoria y el espacio entre dos sexos, carente de alas, el humano no deja de desear. No dejará…

Yo no sé de pájaros,
No conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Alejandra Pizarnik

Guadalajara, Jal. a 10 de diciembre de 2009 en la presentación del 10º número de la revista semestral de psicoanálisis Non nominus.


Referencias:
Aulagnier, P. (2007) La violencia de la interpretación, del pictograma al enunciado. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Bellesi,D. Waganagaedzi, el gran andante.
Freud, S. (1984a) Obras Completas. Vol. V. La interpretación de los sueños. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (1984b) Obras Completas. Vol. VII. Tres ensayos de teoría sexual. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (1984c) Obras Completas. Vol. XIV. La transitoriedad. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (2003). Obras Completas. Tomo III. Conclusiones, ideas, problemas. Madrid: Biblioteca nueva.
Girando, O. No se me importa un pito... (fragmento)
Green, A. (2005). La causalidad psíquica. Entre naturaleza y cultura. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Green, A. (2005b). Ideas directrices par aun psicoanálisis contemporáneo: desconocimiento y reconocimiento del inconsciente. Buenos Aires: Amorrortu editores.
Huidobro, V. Altazor (fragmento).
Nancy, J-L. (2003) Corpus. Madrid: Arena libros,
Neruda, P. Soneto XCVII de los Cien sonetos de amor.
Pizarnik, A. La carencia.
Sabines, J. No quiero convencer a nadie de nada (fragmento).

lunes, 10 de mayo de 2010

Inicio

Cuento la anécdota: por azares de la práctica clínica, entré a "facebook". Lo cierto es que me ha traído más problemas que ventajas: el pasado reclama, los presentes se hacen ausentes, el futuro es un enredo; prefiero los "blogs". Espero, en éste, poder hacer posible la escritura. Internet es un espacio privilegiado de la libre escritura. Haremos de este espacio cibernético, un lugar lúdico. ¿Cómo lo lograremos? Tampoco yo lo sé, algo se nos ocurrirá...