domingo, 19 de diciembre de 2010

Hotel DF: la ciudad entre el absurdo y la ebriedad

Hotel DF es la última novela de Guillermo Fadanelli (libro editado por Random House Mondadori, México: 2010). El personaje principal es Frank Hestrosta. Se trata de un hombre común: no soy un hombre joven, mis músculos duermen la siesta, no se me considera apuesto en casi ningún continente y nunca le he importado a nadie lo suficiente como para que ese alguien sacrifique parte de su vida amándome. La novela se desarrolla alrededor del Hotel Isabel, hostal más o menos corriente ubicado en el centro de la Ciudad de México. Después de haber recibido una retribución económica por haber escrito un artículo, Frank toma esta decisión: como no tiene dinero para ir a Europa y tiene el anhelo de conquistar a una mujer de otro continente, pasa unos días en un hotel de su propia ciudad en donde se hospedan turistas europeos.

Poco a poco, la novela se va poblando de personajes. Sin tapujos, Guillermo Fadanelli describe la tragedia de cada uno de ellos: Stefan Wimer, un alemán holgazán y alcohólico que busca aventuras en la ciudad de México; Laura Gibellini, una española de muy mal humor que en vez de viajar al caribe, cometió el grave error de ir de vacaciones al Distrito Federal; Roberto Davison, un ex-modelo de calzoncillos que ahora ya nadie contrata; Gloria Davison, pareja de Roberto que está allí para ver la debacle de su marido; Gabriel Sandler, junior y artista posmoderno que decide escapar del poder familiar; Sofía Sandler, prima y ferviente admiradora de Gabriel Sandler. Además de estos personajes, hay un grupo de narcotraficantes que guardan dinero en una habitación del hotel Isabel. A través de ellos, Fadanelli hace un retrato de la trágica situación que vive nuestro país.

El lugar más importante de la novela es el bar o la cantina. Cada personaje carga con su absurdo. El bar es el lugar en donde sale a relucir lo nefasto de cada existencia. Cito uno de los pasajes mejor logrados por Guillermo Fadanelli:

Ya está. He bebido demasiado coñac y café en un bar de la calle Gante, un tugurio que en sus épocas galopantes fue visitado por periodistas y escritores. El coñac suele trasladarme fuera del mundo de las cosas reales, aunque nadie sabe qué significa eso, “el mundo”, y aún es probable que uno abandone el mundo para entrar de nuevo al mismo sitio, no como un eterno retorno, pero sí como un aburrido retorno, un jodido y aburridísimo retorno. Después de media botella se me ha metido en la cabeza visitar a una mujer con quien estuve dos veces en la cama en un lapso de cinco años. La ocurrencia se ha hecho verdad y ahora merodeo alrededor de la estación del metro Salto del Agua tratando de recordar en qué edificio precisamente vive esta mujer.

Son las cuatro de la tarde y ella se encuentra en su departamento sin imaginarse lo cerca que está de recibir una visita insólita. La experiencia dice lo siguiente: los hombres beben y comienzan a recordar a todas las mujeres que han amado, las sacan de bajo las piedras, las inventan, lo que sea, pero ellas deben existir porque si no entonces los borrachos se encuentran perdidos y son sólo unos idiotas mentirosos, uso idiotas desprovistos de un objeto de veneración. Ella se mantiene al tanto de que las cosas son así, lo que no adivina es cuándo llegará su turno para ingresar en la mente del ebrio, y menos aún sospecha que la mente del ebrio está flotando en mi cabeza y que me aproximo por medio de pasos cortos y sosegados, curioso, a su departamento, a punto de pisar las escaleras. Ha pasado mucho tiempo desde que entramos juntos a la cama, en aquellos tiempos hasta los gatos besaban a las ratas y nadie contaba más allá del número ocho. Nada como recordar y sufrir el pasado para que todo suceda de nuevo en mis vísceras, las explosiones solares y las mujeres, sucesos ambos acaecidos en tiempos remotos, se anuncian de pronto en mi memoria y nadie podrá detenerme. ¿Un ebrio enamorado repentinamente? La escoria absoluta. (Fadanelli, 2010: 154-155)

Ebrio, Frank Hestrosta visita a Susana Servín. Ese es el absurdo de Frank Hestrosta: con la ilusión de tener un nuevo romance con una mujer europea, pagó varios días de hospedaje en hotel Isabel y ahora se encuentra tocando a la puerta de una antigua amante. Digamos que el alcohol puede poner las cosas en su lugar. Además, Frank Hesrosta tiene la ventaja de que ha viajado a Europa sin salir de su ciudad; por ello, en momento de tremenda soledad, puede visitar a Susana Servín. Si Frank estuviera en Madrid, ¿a quién podría visitar?

Una perspectiva interesante de la novela es la descripción del alcohol y sus efectos. Los personajes de Fadanelli se alcoholizan y encuentran su verdad última en la experiencia de la ebriedad. No sólo eso, el alcohol es opción de sobre vivencia en una ciudad que, a pesar de contar con millones de habitantes, parece despoblada: el alcohol es ideal para hacer amigos en esta soledad que parece remontarse a los comienzos del mundo (Fadanelli, 2010: 93).

El alcohol coloca al humano frente al absurdo. Según Climent Rosset, el alcohol es una vía de acceso a lo real. En algunos episodios de ebriedad, el humano permanece en su propia e irremediable existencia: sin salida, idiota, única. Por ello, Rosset insiste en que la borrachera puede ser una experiencia ontológica:

La embriaguez puede ser invocada como una de las posibles vías de acceso a la experiencia ontológica, al sentimiento del ser, porque el borracho ve que hay una rosa y que existe sin motivo, como decía Heidegger citando a Angelus Silesius: "La rosa existe sin motivo, florece porque florece. No se preocupa de sí misma, no desea ser vista." Pero lo que percibe el borracho es, ante todo, la cosa captada en sus singularidad, es decir, una unicidad que contribuye a hacer aparecer a la vez como prodigio —por lo que vocifera y llama la atención de los transeúntes hacia ella— y como fenómeno incognoscible, incomprensible. La cosa misma es de tal modo única, bastándose a sí misma y encerrándose en sí misma, que carece precisamente de cualquier otra cosa a partir de la cual se la pudiera interpretar: es eso y nada más eso, está ahí y nada más que ahí. (Rosset, 2004: 59-60)

El ebrio se ve inmerso en un mundo que pierde profundidad y sentido. Por ello, aquel que está en estado de ebriedad aguda puede hacer idioteces (según Rosset, "idiota" significa hacer algo que carece de sentido: simple, único), acceder a cualquier experiencia sexual, decir esto o aquello. En la borrachera, hay una pérdida de sentido que abre la posibilidad de que suceda cualquier cosa. Frente a la pérdida de sí, todo vale lo mismo. Esta pérdida de significado está anticipada por un júbilo mezclado con algo de angustia: cuando todo vale igual, se tiene la sensación de libertad. Sin embargo, cuando la embriaguez desborda la conciencia, el briago puede quedar al servicio del goce del otro: en posición de desecho, su suerte quede dispuesta al arbitrio del otro.

Bajo esta perspectiva, se puede comprender como el borracho se puede defender del sinsentido —en el momento de descenso a su propio Hades— con la ilusión de un amor. Quizás, Frank Hestrosta visita a Susana Servín para no caer tan bajo. Sin embargo, ella no lo detiene. Al final de este capítulo, Frank Hestrosta parte y apuesta por la misma carta: una vida plana y sin boleros, anestesiada y sin deseo.

Estoy de nuevo en la calle, unos kilos más de angustia a mi cuenta, camino por López hasta Ayuntamiento, dudo entre tomarme otro coñac por allí o comprar una botella y volver al hotel. Elijo lo segundo pese a considerar mi decisión de pésimo gusto, nunca saldré de la miseria psicológica, me reclamo como es costumbre y en seguida compro una botella de Hennesy en La Europea, hecho que me restará un día de vida en el Isabel, pero quiero beber y olvidar así el olor a los pollos muertos y las plumas adosadas al pavimento, un olor pegajoso instalado en los pulmones, sí, un Hennesy es capaz de paliar esas sensaciones, y más aún. Me han entrado auténticos deseos de llorar y ningún bolero vuelve a mi cabeza, todo se ha ido, la imaginación, el deseo, la ciudad, sólo me queda un habitación que Flora habrá dejado impecable. Y hacia allá dirijo mis pasos. (Fadanelli, 2010: 158)

Esta divertida y bien escrita novela de Guillermo Fadanelli muestra a la ciudad de México como cualquier otra ciudad de este mundo: la constante es la indiferencia ante el dolor y el absurdo de las existencias deserotizadas que transcurren entre las toxicomanías, el comercio, la crueldad y la desesperanza.

Referencias:

Fadanelli, G. (2010) Hotel DF. México: Random House Mandadori, 2010.

Rosset, C. (2004) Lo real. Tratado de la idiotez. Madrid: Pre-textos, 2004.

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