domingo, 20 de febrero de 2011

No vale mucho, pero es todo lo que tenemos...


En el parágrafo 51 de Ser y tiempo, Heidegger hace referencia a La muerte de Iván Ilich, una novela corta escrita por León Tolstoi. El relato es la descripción de la vida y la muerte que puede ser de cualquiera: la historia de la vida de Iván Ilich era de lo más simple y ordinaria y de lo más espantosa, describe Tolstoi (2005: 21). Esta novela muestra lo que Shakespeare ya había señalado en relación con lo que el descubrimiento de la muerte insinúa: “la vida es una historia contada por un idiota”.

Iván Ilich es un hombre que se esfuerza por ascender en la escala social. Se hace de una carrera política e institucionalmente correcta. Su propósito en la vida: subir peldaños. Según Kafka, alguien obedece porque anhela dictar órdenes. Así, obedeciendo porque le habita una ambición voraz, Iván Ilich hace una vida comme il faut: tiene esposa, hijos, mansión, muebles… Con mucho esfuerzo, engaños y sometimiento, este hombre realiza una vida conforme a la regla:

[…] en el fondo todo era como en las casas de personas no muy ricas pero que quieren parecerse a los ricos y por eso sólo se parecen entre sí: cortinados, ébanos, flores, alfombras, bronces oscuros y brillantes, todo lo que la gente de cierta clase hace para parecerse a la demás gente de esta clase (Tolstoi, 2005: 34-35).

En lo más alto de su carrera política, al arreglar un lujoso salón de una mansión recién adquirida, absorto en la brillantez de la existencia media, Iván Ilich cae de las alturas:

Estaba tan entusiasmado, que muchas veces, personalmente, cambiaba de lugar los muebles y volvía a colgar los cortinados. Una vez subió la escalera para enseñar al tapicero cómo debía hacer el drapeado, dio un paso en falso, pero como era hombre fuerte y ágil, mantuvo el equilibrio y sólo se golpeó contra la manija del marco. El dolor se sintió varios días y luego pasó. (Tolstoi, 2005: 34)

La alegoría es implacable: subiendo la escalera, en lo más alto de su carrera política y económica, Ivan Ilich cae y enferma. No sin humor, Tolstoi muestra a un personaje creyente en su débil fortaleza:

La misma noche, tomando el té, Prascovia Fedorovna [su esposa] le preguntó, hablando de otras cosas, cómo había caído. Iván Ilich, riéndose, describió la escena y el susto del tapicero:
— No en vano soy un gimnasta. Otra persona se hubiera estrellado y yo sólo me di un golpe aquí, cuando me toco me duele, pero ya casi pasó; sólo quedó un moretón.
(Tolstoi, 2005: 35)

De esta caída se deriva una enfermedad: riñón flotante, apéndice caído… Los diagnósticos son numerosos. Lo cierto es que en Iván Illich (como en cada uno de nosotros), de puntillas, la enfermedad y la muerte avanzan a pasos agigantados.

Según Heidegger, en la cotidianidad, se considera a la muerte como una certeza de hecho, pero no como una posibilidad del más propio poder-ser. En la vida diaria, se sabe que “la gente se muere”; sin embargo, se nos escapa de manera muy fácil el carácter ontológico de la muerte como una posibilidad propia, cierta, insuperable y presente en cada instante. Esto está ejemplificado por León Tolstoi. Transcribo el siguiente pasaje:

Aquel ejemplo de silogismo que había aprendido en el libro de lógica de Kiesewetter: “Cayo es un hombre, los hombres son mortales; por lo tanto, Cayo es mortal”, le había parecido toda la vida justo refiriéndose únicamente a Cayo, pero de ningún modo a él mismo. […] Cayo era efectivamente mortal y era justo que muriese, pero él, Vania [Vania es el apodo que llevaba cuando era niño], y ahora Iván Ilich, con todos sus sentimientos y pensamientos era cosa aparte. No era posible que muriese… Sería demasiado horrible. Así sentía Iván Ilich. (Tolstoi, 2005: 49)

Así, Tolstoi escribe un relato excelso sobre la manera en que un hombre enfrenta la posibilidad de su propio fin. A la vez, muestra el esfuerzo de la vida cotidiana por negar este hecho. Poco a poco, Iván Ilich mira hacia su posibilidad más propia:

Y de pronto se le presentó todo de un modo completamente distinto: “¡El apéndice, el riñón!... No se trataba ya ni del apéndice ni del riñón, sino de la vida y… de la muerte. Sí, la vida está ahí, y ahora se me va, se me va y no puedo retenerla. Sí. ¿Para qué engañarse? ¿Acaso no era claro para todos, fuera de mí mismo, que me estoy muriendo y que sólo es cuestión de semanas, de días… de minutos tal vez? Antes había luz y ahora tinieblas. Antes estaba aquí y ahora me voy allí. ¿A dónde?...”. Un sudor frío cubrió su cuerpo; la respiración se le detuvo; sentía sólo los latidos del corazón. “No seré más” […] (Tolstoi, 2005: 50)

Mientras Iván Ilich toma noticia de su propia muerte, los hijos y la esposa cantan, ríen y tocan el piano en el piso de abajo. En este jolgorio, Tostoi muestra la disyunción entre sociedad y muerte: con hijos o sin ellos, con pareja o sin pareja, con amigos o sin amigos, la muerte siempre se enfrenta en soledad. La muerte se niega: nosotros ya se lo arreglaremos todo, decía el médico. Con múltiples discursos, el humano desea ser protegido de su angustia ante la finitud. Por ello, no es raro que se vea en el morir de los otros una contrariedad social, y hasta una falta de delicadeza de la que el público debe ser protegido, señala Heidegger en Ser y tiempo (2009: 270).

En la medida en que Iván Ilich lucha contra lo irremediable, no es posible evadir la angustia. No se trata sólo del dolor corporal, sino de estar abierto a la posibilidad del final de todas las posibilidades. Al final, en medio de los gritos y la desesperación, él advierte el sufrimiento exacerbado que causa su propia tragedia y lo irrevocable de ésta. Iván Ilich se resuelve a morir. En ese momento, la muerte deja de tener su carácter terrorífico. Semidormido, poco a poco, disminuye el bullicio y los ronquidos:


“Ha terminado”, escuchó que alguien decía a su lado: Oyó esas palabras y las repitió en su alma: “Ha terminado la muerte —se dijo a sí mismo—. No existe ya”. Aspiró el aire en medio del suspiro, se estiró y murió (Tolstoi, 2005: 85)


Para Iván Ilich, lo abierto (la muerte como posibilidad) finaliza y él deviene cadáver.

Esta novela de Tolstoi muestra que la tragedia de la existencia no es la muerte, sino que —con tal de evadirla— se huye de la existencia propia. Así, Iván Ilich —como a cualquiera le sucede— abandona su ser más propio y se ajusta a la dictadura de los convencionalismos:

El matrimonio tan causal y luego la desilusión y el mal aliento de la mujer; su sensualidad, su falsedad, y ese trabajo monótono, preocupaciones de dinero y así un año, dos, diez y veinte, siempre lo mismo. Y cuanto más avanzaba, tanto más muerto se volvía todo, como si lentamente hubiera ido bajando una pendiente, convencido de ir subiendo. Y así era. Según la opinión pública iba ascendiendo, pero en realidad la vida se iba deslizando con la misma rapidez… Y ahora ha terminado. Hay que morir. (Tolstoi, 2005: 73)

De manera clara y bella, con La muerte de Iván Ilich, Tolstoi relata lo que Heidegger teoriza en Ser y tiempo: estar vuelto hacia mi propio fin abre las posibilidades infinitas de la existencia propia. Con Freud, podríamos agregar esto: ocurre como con nuestra vida; no vale mucho, pero es todo lo que tenemos. Desde el psicoanálisis, el problema no es sólo la consideración de la propia muerte, sino la realización de una existencia abierta a lo singular de sí-mismo: el deseo sexual, los sueños, lo inconsciente.


Referencias:
Freud, S. 31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica en Obras Completas, tomo XXII. 2ª ed. 6º reimp. Buenos Aires: Amorrortu, 2001
Heidegger, M. Ser y tiempo. Traducción de Jorge Eduardo Rivera. 2º ed. Madrid: Trotta, 2009.
Tolstoi, L. La muerte de Iván Ilich. Traducción de Vera Macarov. 1º ed.- La plata: Terramar, 2005.