miércoles, 19 de diciembre de 2012

Ensayo sobre el fin del mundo



¡Ay! ¡Ay!
¡Has destruido
con un puño poderoso
este bello mundo!
¡Se hunde, se despeña!
¡Un semidiós lo ha hecho pedazos!

Goethe

En varias ocasiones el ser humano ha profetizado el fin del mundo, pero éste sigue girando. En nuestros tiempos ―época de la muerte de Dios― ha habido varias ocasiones en que se han predicado catástrofes nucleares, astronómicas y ecológicas que vaticinan el final de los tiempos. Parece que hay una contradicción: ya no hay creencia en la eternidad cristiana, pero se conserva la concepción lineal del tiempo cristiano.

Sabemos que la idea del fin del mundo es una idea judeocristiana. Octavio Paz (2003) dice que el Cristianismo es una ruptura radical con la concepción del tiempo cíclico de la Antigüedad: ya no se trata de un pasado mítico que se reactualiza en el presente y se espera en el futuro (como el tiempo circular de los Mayas o el sueño de Brahma que es cíclico, infinito e impersonal), sino de un tiempo lineal que comienza con el Génesis y desemboca en el día del Juicio final.

El fin del mundo es una concepción cristiana; sin embargo, ahora está aderezado con un sincretismo más o menos gracioso. La idea de Dios se ha desplazado al concepto de orden cósmico. Ahora los creyentes suponen que hay un cosmos regido por leyes espirituales inmutables: se concibe la idea de un orden universal que niega la contingencia y el caos. Mezclan conceptos de física, astronomía, filosofía, astrología, esoterismo y religión, para decir que hay energías o sucesos cósmicos ordenados y coherentes según los preceptos de un orden inteligente. En México es común que este sincretismo cósmico incluya ideas derivadas de la cultura indígena: los creyentes mezclan concepciones de la cultura Maya a través de una comprensión lineal del tiempo derivado de la cultura judeocristiana para interpretar que hay una época que está por finalizar. Así han llegado a la conclusión de que entre el 21 y el 23 de diciembre de 2012 se acabará el mundo.  

Los estudiosos sobre el tema hablan de una alineación de planetas y de una modificación de la posición de los astros o del eje de la tierra. Los futurólogos no dejan de hacer cálculos, pero se olvidan de que las fechas y las épocas son ficciones humanas. Tal como Kant, Schopenhauer y Nietzsche lo establecieron, el espacio euclidiano (en donde hay líneas, cuadraturas y ejes) y el tiempo cronológico (en el que hay comienzos, finales, fechas, años y épocas) sólo existen en la concepción humana.

Sabemos que el humano es un mundo de conceptos: ordenamos el mundo según nuestras propias palabras y creemos que el mundo es tal cual lo hemos organizado (comenzó en tal fecha, terminará en esta otra). Nos olvidamos que somos inventores del mundo que habitamos: miramos en el cielo la proyección de nuestro pensamiento, luego queremos encontrar señales en las mudas estrellas.

El mundo en que habitamos es diferente a la cosa en sí, realidad inaprensible de la que sólo nos percatamos a través del cuerpo sintiente. El mundo en que vivimos es una ficción. Parece verdadero porque hemos convenido que así sea, sin embargo siempre se tambalea: nuestro mundo es como una gelatina, construcción conceptual compleja que está erigida sobre fundamentos movedizos (Nietzsche, 2011).

El mundo en el que vivimos no sólo es una ficción, también es inevitable: estamos arrojados a él, viviendo en él, sin haberlo elegido (Heidegger dixit). El hombre no es sin mundo y el mundo no es sin los hombres. No contamos con la voluntad para entrar y salir del mundo tal cual nos plazca hacerlo.

El mundo humano es una contingencia, por lo cual es innecesario. La naturaleza ha existido eternidades sin los hombres y cuando los humanos desaparezcan no habrá sucedido nada. A pesar de sentirse el centro del universo, el intelecto humano no tiene misión alguna fuera de la vida humana (Nietzsche, 2011: 609).

Además de ser una innecesaria e inevitable ficción, el mundo es también una imposición de poder. Los conceptos y el orden que destinamos a los objetos, nos impone a nosotros un modo de ser: hay humanos explotados y marginados a favor de otros humanos que explotan y marginan. El mundo también es esa constante lucha, esa constante tensión, entre el explotador y el explotado.

Desde la práctica clínica del psicoanálisis podemos decir que la idea de que el mundo se va a acabar es angustiante y es un pensamiento recurrente en las psicosis. Piera Aulagnier (2007: 93) destacó la intensa impresión de fin del mundo que se observa con tanta frecuencia en los comienzos de la psicosis. Daniel Paul Schreber (2003) confesaba, en Memorias de un enfermo de nervios, que el mundo ya se había finalizado y que la gente que veía eran sólo hombres de apariencia. Su misión consistía en transformarse en mujer, ser fecundado por Dios, y repoblar el planeta con una nueva raza. Sin embargo, su Dios lo abandonó: Schreber vivía en una soledad radical e insoportable. A propósito, Freud escribe: El sepultamiento del mundo es la proyección de esta catástrofe interior; su mundo subjetivo se ha sepultado desde que él le ha sustraído su amor (AE XII: 65). Y agrega: Considero totalmente verosímil que su relación alterada con el mundo se puede explicar de manera exclusiva o predominante por la falta del interés libidinal (AE XII: 69).
           
El psicótico vive en el fin del mundo porque ha roto lazos con éste; se retrae en sus sueños y en sus pensamientos. El psicótico vive en una soledad radical: ya no puede dar concesiones a un mundo que se le ha vuelto insoportable. ¿De dónde ha partido esa intolerancia? Del mundo mismo. Schatzman (2006) pudo describir el modo en el que Daniel Gottlieb Moritz Schreber martirizaba cruelmente, sin posibilidad de escapatoria, a Daniel Paul Schreber, su hijo. Según él la tortura estaba justificada: el niño tenía que ser un ejemplo moral y ortopédico según el canon de la raza superior. Después de esta experiencia, a Daniel Paul Schreber la vida se le tornó imposible: sufría y deliraba con la idea de que los rayos de Dios experimentaban con su cuerpo. La idea delirante era un intento de comprender lo incomprensible: ¿por qué un padre lastima y tortura cruelmente a su hijo?
           
La idea que se ha expandido sobre el fin del mundo demuestra que el mundo se ha vuelto insoportable: ésa es la verdad que ostenta la psicosis. Dufour (2002) dice que el sujeto de las sociedades postmodernas es psicótico. El lazo social está destruido. Cada ser humano se guarece en su propia locura o en el refugio incestuoso. Las toxicomanías aumentan porque es difícil sobrellevar este mundo inhóspito. Aumenta la endogamia familiar porque no hay espacio cultural en el cual se pueda convivir sin ser explotado, sin ser maltratado. Cuando no hay empleos respetuosos al trabajo ajeno, hospitales públicos con trato humano, escuelas laicas y gratuitas, no hay espacio social que haga posible que el deseo se dirija al mundo. En México la situación es desastrosa: hay empleos pseudo-pagados que sólo se conservan cuando el empleado se somete a una vigilancia y amenaza constante, hay plazas públicas con muertos y torturados, hay  muchos desaparecidos y exiliados, hay contubernio entre curas, políticos y periodistas para mantener los sistemas de sometimiento, hay una creciente privatización de la salud, la educación y la cultura. Así, ¿cómo conservar el deseo por el mundo?

Seguramente el mundo seguirá girando después del 21 de diciembre de 2012; sin embargo, en las redes sociales y en las pláticas de sobremesa se seguirá escuchando el ominoso deseo de que el mundo se acabe o al menos se modifique…

Abraham Godínez
Guadalajara, Jal. a 19 de diciembre de 2012


Referencias:
Aulagnier, P.  (2007). La violencia de la interpretación. Del pictograma al enunciado. 1° ed. 7° reimp. Trad. Victor Fischman. Buenos Aires: Amorrortu, 2007.
Dufour, D-R. (2002). Locura y democracia. Ensayo sobre la forma unaria. Trad. Juan Carlos Rodríguez Aguilar. México: FCE, 2002
Freud, S. Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (Schreber) en Obras Completas. Ordenamiento, comentarios y notas de James Strachey, con la colaboración de Anna Freud. 24 vols. (designamos con la abreviatura AE las citas tomadas de esta edición y con un número posterior el volumen referido). Traducción directa del alemán: Etcheverry, J.L. 2ª ed. 8ª reimp. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.
Nietzsche, F. (2011) Sobre verdad y mentira en sentido extramoral en Obras Completas, Vol. 1. Escritos de juventud. Edición dirigida por Diego Sánchez Meca. Traducción, introducciones y notas de Joan B. Llinares, Diego Sánchez y Luis E. de Santiago. Madrid: Tecnos, 2011
Paz, O. (2003). Los hijos del Limo en Obras completas, edición del autor. Tomo 1: La casa de la presencia: poesía e historia. 2ª ed. 4ª reimp. FCE: México, 2003.  
Schatzman, M. (2006) El asesinato del alma. La persecución del niño en la familia autoritaria. Trad. Rafael Mazarrasa. 18° ed. Buenos Aires: Siglo veintiuno, 2006.  
Schreber, D. P. (2003) Memorias de un enfermo de nervios. Trad. Ramón Alcalde. México: Sexto piso, 2003

domingo, 16 de diciembre de 2012

Cine y Psicoanálisis


En la revista Replicante de diciembre, presento un ensayo en co-autoría con Arturo Villaseñor. En este trabajo establecemos un diálogo entre Cine y Psicoanálisis a propósito de la película Año bisiesto de Michael Rowe. Agradecemos a Rogelio Villarreal la publicación. Les compartimos el texto:

http://revistareplicante.com/cine-y-psicoanalisis/

lunes, 5 de noviembre de 2012

Nota sobre la muerte (inevitable)...


Agradezco a Ignacio Mancilla,  Esteban Arellano y Armando Correa la invitación a participar en esta noche en su programa de radio en www.radiomorir.com (lunes 10:00 p.m.). Aquí agrego una pequeña nota sobre una parte de lo que en esta noche hemos conversado:

"Es necesario hacer una distinción en la obra de Freud entre muerte y pulsión de muerte. Freud comprende que la muerte es el acontecimiento del fin de cada existencia; sin embargo, en De guerra y muerte (1915), dice que no hay representación para la propia muerte. El hombre sabe que va morir, pero está inclinado a denegar su muerte, a albergar la ilusión de inmortalidad. En otro texto, en Más allá del principio del placer (1920), la pulsión de muerte es concebida como una afectividad sin auxilio, sin liga y sin sentido. La pulsión de muerte es el impulso de la existencia de acabar consigo misma relizando el inevitable fin por encontrarse en una situación afectiva insoportable (sin auxlio, sin otro, sin representaciones, sin argumento, sin sentido). La relación del ser humano con su propia muerte es contradictoria: en situación de desamparo, está presto a sentir que no puede con la vida y por ello está impulsado a realizar la muerte para evitar el sufrimiento; a la vez, le es difícil concebir su propia muerte, está convencido de su propia inmortalidad."

martes, 23 de octubre de 2012

El proceso de "Disgrace"


Arriesguemos una lectura posible: David Lurie es el reverso de Josef K. En su novela Disgrace (1999), Cotzee hace la autopsia del "silencio" de Kafka... Cuando David Lurie es enjuiciado por haber amado a una mujer joven que era su alumna, comienza la habladuria:  

Es la trituradora de las habladurías, piensa, que no para de funcionar de día ni de noche, y que hace trizas cualquier reputación. La comunidad de los rectos, de los que tienen toda la razón, celebra sesiones en cada esquina, por teléfono a puerta cerrada. Murmullos maliciosos.. 

La "trituradura de las habladurías" recuerda el arresto de K.: Alguien debió de haber difamado a Josef K. ya que este, sin que hubiera hecho nada malo, una mañana fue arrestado. A diferencia de K, Lurie sabe que ha cometido un delito: la locura del corazón lo llevó a amar a una mujer joven. Sin embargo, amar no puede ser enjuiciable: el crimen no es haber establecido un acto amoroso con una alumna, sino haber mostrado su cuerpo (un espectáculo indigno) a unos ojos tan jovenes e inocentes que deberían mantenerse en velo. El crimen de David Lurie es haber desgarrado el velo: 

Tal vez los jóvenes tengan todo el derecho del mundo a vivir protegidos del espectáculo que dan sus mayores cundo están inmersos en los espasmos de la pasión. A fin de cuentas, para eso están las putas: para hacer de tripas corazón y aguantar los momentos de éxtasis de los que ya no tienen derecho al amor.

A David Lurie lo deshonra el sexo. Enjuiciado por profesores universitarios y una observadora feminista, todos tan conservadores y respetables, David Lurie enfrenta El proceso. Lurie es el reverso de K. porque no pide ayuda. Sin embargo, el otro lado de la moneda sigue siendo la misma pieza: Lurie está tan solo como Josef K; sabe que no tiene salida. Lurie es procesado por el consejo universitario, pero él no se defiende: sabe que es carnada fresca para las mandíbulas ansiosas de sangre y castigo. Lurie actúa diferente a K., pero Coetzee (al igual que Kafka) exhibe la perversa ley de los "hombres partidarios de la ética":

Con franqueza, entiendo que lo que desean de mí no es una respuesta, sino una confesión(...) Es que me recuerda demasiado a la China maoísta. Retracción, Autocrítica, Pedir disculpas en público...

Lurie se auto-exilia porque sabe que es culpable de haberse enamorado de una mujer más joven, pero cuando solicita un castigo a los violadores de su hija Lucy recibe por respuesta un silencio desolador. La ley es arbitraria y silenciosa. Nadie da razones: Lurie debe enfrentarse a una violencia más brutal que la de las ciudades y a un silencio peor que de cualquier censura académica o política, dice Carlos Fuentes (2000). Sobre David Lurie, primero cae la "deshonra"; luego, la "desgracia"... La prosa de Coetzee es honesta porque no cubre el mundo con manteles blancos. En su presentación sobre Coetzee, Juan Villoro (2003) lo describe a la perfección: 


Desde la infancia, descubrió que el mundo no es un hogar con una chimenea donde se cuentan historias de conejitos, sino una intemperie barrida por el viento donde hay que apretar los dientes. Fiel a esta visión, Coetzee se niega a suavizar su entorno. Cortado con cuchillo, su lenguaje tiene la quemante objetividad del hielo.


Sin romanticismos, tan helada como sublime, Disgrace (1999) es una muestra de la prosa precisa y fina de Coetzee, imprescindible para todo psicoanalista:

Uno se acostumbra a que las cosas sean cada vez más difíciles, ya no se sorprende de lo que era todo lo difícil que podía ser pueda ser más difícil todavía...