domingo, 16 de septiembre de 2012

Nota sobre "El proceso" :

En El proceso, el sacerdote le cuenta una pequeña historia a Josef K: un hombre pide entrar a la Ley; sin embargo, no puede ingresar porque la puerta está prohibida y está vigilada. En términos psicoanalíticos, demandar ley es solicitar el cuidado de un padre. En algunas ocasiones esto se traduce así: solicitar la protección a un grupo al cual se desea pertenecer (ya sea laboral, religioso, psicoanalítico, universitario, estatal, familiar). En todo grupo hay condiciones de ingreso. Cuando se accede, uno se entera que adentro hay más puertas, más vigilancia, más requisitos. Las pruebas de fidelidad, sumisión y obediencia se multiplican. La institución proveé la ilusión de que se puede avanzar; sin embargo, todos se topan con una puerta y un guardián. Parece que el mundo es la comedia de tocar puertas que "parecen" abiertas, pero que en realidad no se abren. En El proceso, la Ley es la formulación de dos aseveraciones: (1) "en este momento no puedo permitirte el ingreso", (2) "esta entrada sólo te está destinada a tí".  La primera es una prohibición; la segunda, una invitación. Podemos ver que la Ley no es una contradicción, sino una promesa: "es posible, pero ahora no". Entrar a una institución es ingresar a un laberinto de promesas en donde hay una vigilancia mutua, incansable. ¿Quién engaña a quién? ¿Aquél que desea entrar es engañado por la promesa de la espera? ¿Aquél guardián subordinado que vigila a aquél que quiere entrar es engañado porque su existencia se convierte en la ocupación de la supervisión? ¿Quién es libre? ¿El hombre que pierde su vida sentado en un taburete esperando entrar a un lugar en el que no se le permite el ingreso? ¿El guardián que tampoco puede entrar y cuya ocupación es estar al pendiente del comportamiento de ese hombre? ¿Será que las instituciones, las iglesias, los ejércitos, las familias y las pertenencias sólo son ilusiones humanas en las que dedicamos gran parte de la vida esperando entrar (quién sabe a dónde) y vigilando (quién sabe a quién) olvidándonos de vivirla? Aquí, la pequeña historia que Kafka nos relata en El proceso:

Ante la ley se encuentra de pie un guardián. Frente a este guardián se presenta un hombre de campo, y pide entrar a la ley. Pero el guardián dice que en ese momento no puede permitirle el ingreso. El hombre reflexiona y luego pregunta si más tarde podrá entrar. "Es posible", dice el guardián, "pero ahora no". En vista de que la puerta que conduce a la ley está abierta, como siempre, y el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para mirar el interior, a través de la puerta. Cuando el guardián lo percibe, se ríe y dice: "Si tanto te atrae, intenta entrar, a pesar de mi prohibición. Pero toma nota de esto: soy poderoso. Y soy tan solo el guardián de menor jerarquía. De sala en sala van apareciendo otros guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ya la visión del tercero no puedo ni siquiera yo tolerarla". El hombre del campo no esperaba tales dificultades; la ley debería ser accesible para todos en todo momento, piensa él, pero ahora que contempla más minuciosamente al guardián, con su abrigo de piel, su gran nariz puntiaguda, la luenga barba tártara escasa y negra, decide que es mejor esperar hasta que llegue la autorización para entrar. El guardián le proporciona un taburete, y le permite que se siente a un lado de la puerta. Allí permanece sentado durante días y años. Hace muchas tenatitvas para ser admitido, y agota al guardián con sus pedidos. El guardián le realiza a menudo pequeños interrogatorios, le pregunta sobre su patria y sobre muchas otras cosas, pero se trata de preguntas apáticas, como las que formulan grandes señores, y al final le dice, una y otra vez, que aún no puede ser admitido. El hombre, que se había aprovisionado de muchas cosas para su viaje, lo dilapida todo, por valioso que sea, a fin de sobornar al guardián. Este, por cierto, acepta todo, pero dice, al hacerlo: "Lo acepto solo para que no creas que has omitido alguna cosa". A lo largo de los muchos años, el hombre contempla al guardián casi ininterrumpidamente. Olvida a los otros guardianes, y el primero le parece el único obstáculo para ingresar a la ley. Maldice el infortunado azar; en los primeros años, en voz alta; luego, cuando enevejece, solo rezonga ante sí. Se toma pueril y, como luego de estudiar durante años al guardián, también ha llegado a conocer las pulgas en su cuello de piel, les pide también a las pulgas que lo ayuden y que consigan que el guardián cambie de opinión. Finalmente, su visita se debilita, y ya no se sabe si ha oscurecido realmente alrededor de él, o si solo lo engañan sus ojos. Pero ahora reconoce, en la oscuridad, un destello que emerge, inextinguible, de la puerta de la ley. Ya no le queda mucho tiempo de vida. Antes de su muerte, en su cabeza, el conjunto de experiencias de todo ese tiempo confluyen en una pregunta que aún no le había formulado al guardián. Le hace a este una seña, en vista de que ya no puede enderezar su cuerpo paralizado. El guardián tiene que inclinarse profundamente sobre él, pues las diferencias de tamaño se han alterado mucho, en prejuicio del hombre. "¿Qué es lo que quieres saber ahora?", pregunta el guardián, "Eres insaciable". "Todos se empeñan en llegar a la ley", dice el hombre, "¿cómo es que en todos estos años nadie ha podido ingresar, además de mí?" El guardían reconoce que el hombre ya está cerca del final, y a fin de alcanzar aún su oído, que está apagándose, él grita: "Aquí no podía ser admitido nadie más, pues esta entrada solo te estaba destinada a ti. Ahora me voy, y la cierro".

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