jueves, 20 de noviembre de 2014

Hospedar la muerte voluntaria

Agradezco a Rogelio Villarreal haber publicado en el número de noviembre de la revista Replicante esta breve reflexión sobre el suicidio:


http://revistareplicante.com/una-reflexion-sobre-el-suicidio/





miércoles, 6 de agosto de 2014

Especulación y Crítica


Agradezco a Letras libres por la invitación a realizar esta reseña crítica a Freud en México. Historia de un delirio, libro de Rubén Gallo (F.C.E., México: 2013). Se puede encontrar el texto en el número de agosto, 20014.
 
También se puede leer la reseña en este enlace:
 
 
 

jueves, 29 de mayo de 2014

El Secreto, condición de la intimidad


Quiero ser dueño en mi propia casa, para poder recibir en ella a quien quiero.

Jacques Derrida.

 

El 10 de enero de 1996 Jacques Derrida decía que las posibilidades tecno-científicas amenazaban el espacio interno: ¡Uno ya no está en su propio hogar! La posible vigilancia cibernética, la intrusión en las computadoras y en los celulares, la invasión en los correos electrónicos, la intromisión en las cuentas de redes sociales, hacen imposible el resguardo de la intimidad.

 

Peter Sloterdijk dice que el ser humano vive en esferas. Una esfera es un espacio íntimo cerrado. La vida es posible porque hay una casa en la cual se puede habitar. El hogar es un espacio reservado. Hay ventanas y puertas para mirar o hacer pasar al otro, pero es un espacio delimitado: es necesario tocar la puerta. El dueño de la casa decide a quien invita a pasar. En Esferas I,  Sloterdijk se toma el trabajo de describir los espacios de intimidad en interacción con el otro. Sin embargo, podemos decir que también hay un espacio de intimidad de interacción con uno mismo. Este espacio íntimo y propio es el lugar del secreto.

 

Cada ser humano se siente a sí mismo en un espacio interno. No hay vida interior y no hay intimidad si no hay derecho al secreto. En un texto importante, El derecho al secreto: condición para poder pensar, Piera Aulagnier demuestra que la vida subjetiva del niño comienza a latir cuando descubre que puede mentirle a su  madre. La posibilidad de guardar secretos salvaguarda la vida subjetiva del ser humano. Si no hay derecho al secreto, se precipita un sentimiento de catástrofe interior. Hay varias formas de locura asociadas a la imposibilidad del secreto: decir todo lo que se piensa (sin la posibilidad de reservarse algo);  imaginar que el otro sabe todo; sentir que el otro vigila las acciones y los deseos. En estas modalidades de  paranoia hay una constante: hay un otro omnipotente del cual no es posible sustraerse. No se le puede cerrar la puerta.

 

El derecho al secreto crea un espacio psíquico que se habita. El pensamiento puede ser placentero porque no representa un peligro. Por ejemplo: el niño puede contradecir en su fuero interno a sus padres sin el temor a ser abandonado o castigado. Guardar secreto es conservar una vida psíquica separada del otro. Por eso puede haber vínculo: no hay invasión, sino respeto a la alteridad. Cuando hay posibilidad al secreto, el vínculo con el otro puede ser placentero y la vida interna puede ser creativa; de lo contrario, el vínculo se vuelve invasivo y el espacio interno se experimenta como peligroso (en cualquier momento puede ser expuesto).

 

Uno de los problemas de las tecnologías actuales es la posibilidad siempre presente de ya no poder cerrarle la puerta al otro. Hackear los archivos electrónicos personales es una perversión. Al hackear se invade la intimidad del otro, se expone su espacio interno e inevitablemente se destruye su subjetividad más íntima. El propósito del hacker no sólo es mostrar, sino angustiar, escindir y torturar al otro. Vigilar las cuentas electrónicas (de computadora o de celular) es una actividad perversa frecuente en los vínculos de pareja, en las relaciones parentales y en los vínculos de desconfianza y rivalidad. Es común que se justifique la invasión de la intimidad con un discurso moral de tipo kantiano: exponer la intimidad se impone como un imperativo categórico que se justifica con la obligación de decir la verdad. En Kant con Sade Lacan mostró el fondo sádico de la razón práctica kantiana. El problema aumenta cuando el Estado se autoriza invadir la intimidad de los ciudadanos con el pretexto de la seguridad nacional. El amo oferta protección por sometimiento. El Estado pervierte sus funciones. Derrida describe el problema así:

 

Es el efecto paradójico de lo que aquí llamamos la pervertibilidad, la perversión siempre posible y en verdad virtualmente inevitable, fatal, de esta violencia estatal o de ese derecho: borrar el límite entre lo privado y lo público, lo secreto y lo fenoménico, el propio-hogar (que hace posible la hospitalidad) y la violación  o la imposibilidad del propio-hogar. Esta máquina prohíbe la hospitalidad, el derecho a la hospitalidad. (Derrida, 2000: 67)

 

Nos encontramos frente a un Estado perverso. Si la ley se permite a sí misma invadir la privacidad de las cuentas electrónicas, ¿qué se puede esperar del respeto que la pareja, los familiares, los rivales, las instituciones puedan tener por el espacio íntimo del otro?

 

Sólo puede haber hospitalidad cuando el otro puede tener una casa propia (espacio subjetivo íntimo) en el que se reserva el derecho de hacer pasar. Si el otro no puede decidir sobre su propia intimidad, se acabó el espacio interno y el vínculo hospitalario; comienza un vínculo invasivo y una vivencia paranoide (una experiencia torturante).   

 

Si Peter Sloterdijk ha establecido que la vida es vivible cuando hay esferas íntimas que se pueden llamar hogar, ¿qué vida será posible ahora que cada vez es más difícil, casi imposible, poder reservarse un espacio íntimo?

 

Abraham Godínez 
Primavera de 2014 

 

 

Referencias:

Aulagnier, P. El derecho al secreto: condición para poder pensar en Un intérprete en busca de sentido. Trad. María del Pilar Jiménez. 2°ed. Siglo xxi editores: México, 2005.

Derrida, J. (2000). La hospitalidad. Trad. Mirta Segoviano. Ediciones de la Flor: Buenos Aires, 2000.

Sloterdijk, P. Esferas I. Burbujas. Microesferología. Trad. Isidoro Reguera. 4° ed. Siruela: Madrid, 20111.

martes, 29 de abril de 2014

Presentación del libro "Entre peldaños de razón y locura" de Arturo Villaseñor

Felicidades a Arturo Villaseñor por su nuevo libro.

Ahí estaremos...


sábado, 29 de marzo de 2014

Cortázar, lector de Freud: La Maga, la magia y el amor


Pero el amor, esa palabra…

Julio Cortázar

 

El pasado doce de febrero se cumplieron treinta años del fallecimiento de Julio Cortázar. Cuando impartía clases en algunas ciudades provincianas de Argentina, en esa condición de suficiente soledad que es necesaria para hacer algo absurdo, leyó la obra completa de Sigmund Freud: eso que se hace cuando uno tiene todo el día libre y absolutamente nada que hacer, dice Julio Cortázar en entrevista en la Librería El juglar. A pesar de que era más admirador de Jung que de Freud, podemos suponer que la lectura de los textos freudianos pudo haber influenciado su obra. Re-crearemos una construcción reflexiva entre el autor de Rayuela y el inventor del psicoanálisis. Lo haremos a propósito del aturdimiento amoroso de Horacio Oliveira.

Carlos Fuentes decía que la clave de Rayuela está en el comienzo: ¿Encontraría a la Maga? Esta pregunta precipita otras: ¿Quién la encontraría? ¿Quién es la Maga? ¿Quién la busca? ¿La ha perdido?

En el capítulo cuarenta y ocho de Rayuela, Horacio Oliveira  está de vuelta en Argentina. Viene de Paris. Después de la muerte de Rocamadour y de la partida de la Maga, regresa derrotado. A pesar de su ausencia, Horacio cree ver a la Maga en todos lados: un deseo incontrolable la había arrancado del inconsciente la imagen de la Maga para proyectarla contra la silueta de cualquiera de las mujeres a bordo del barco de regreso. Cuando conoció a Talita, esposa de su amigo Traveler, sintió bruscamente que encontraba un “falso parecido total”. Cualquier cosa, cada rincón, le recuerda el amor perdido. Le irritaba la psicología analítica, pero era cierto: el amado deja de ser un objeto perdido para volverse la imagen de una posible reunión. Siempre nos hallamos buscando el amor. A pesar de todo, lo creemos posible. No somos tan libres como imaginamos.

En Psicología de las masas y análisis del yo, Freud dice que el enamorado actúa como un hipnotizado. El amante idealiza al amado. El enamoramiento comienza con una alucinación erótica. El deseo amoroso es el sueño de los vivos. De tal modo que en principio no se ama a quien realmente está enfrente, sino a una imagen, un gesto, un tono, una fantasía… Es el momento del flechazo. En Fragmentos de un discurso amoroso,  Roland Barthes lo describe así:

En la imagen fascinante, lo que me impresiona (como si fuera ya un papel sensible) no es la suma de sus detalles sino tal o cual inflexión. Del otro, lo que me llega bruscamente a tocarme (a raptarme) es la voz, la caída de los hombros, la esbeltez de su silueta, la tibieza de la mano, el sesgo de una sonrisa, etc. Desde ese momento ¿qué me importa la estética de la imagen? Algo viene a ajustarse exactamente a mi deseo (del que ignoro todo).

Así le sucedió a Horacio Oliveira, quedó prendido de un encuentro: Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas…  No sólo se trataba de esa “delgada cintura” o de esa “sonrisa sin sorpresa”, sino de algo que se ajustaba perfectamente al quiebre de su razón: A Oliveira lo fascinaban las sinrazones de la Maga, su tranquilo desprecio por los cálculos más elementales.  

Horacio, moralista y metafísico, está raptado por una imagen fascinante. Desconcierto: la fascinación es el estado del amante. En El sexo y el espanto, Pascal Quignard explica que fascinus es la palabra romana para nombrar el phallós. La imagen amorosa crea un rapto que inflama el deseo. Rapto: no estoy en mí, me busco en ti. Hay una emoción ilimitada. Parece que no hay control y no hay fronteras. La atracción es intensa. El enamoramiento crea un estado anímico extraordinario. Diotima le dijo a Sócrates que el amor es un gran demonio y en el Renacimiento Ficino reconoció que todo el poder de la magia se basa en el amor, un amor que se cumple por fascinaciones, encantamientos y sortilegios. Siglos más tarde, Freud y Cortázar dicen que el amor se parece a un sueño que no se sabe si se busca, se encuentra, se pierde, se esfuma…

Y por qué no, por qué no había de buscar a la Maga… En este sueño reside la felicidad: ¿Encontraría a la Maga? La encontró y la perdió. Luego, la veía en otras mujeres. El amor comienza con este re-encuentro, con esta fascinación. Sin embargo, queda hacerse estas preguntas: ¿Quién es Lucía? ¿Quién está detrás de la Maga? ¿A quién se ama? En ese momento comienza la pregunta por el otro. El amor se imagina mágico y perfecto (Yo me llamo Lucía pero voz no tenés que llamarme así ―dijo la Maga), pero sucede que la realidad es diferente a los sueños. Roto el hechizo, puede acontecer la decepción y el reproche mutuo: pueden sonar los tambores de guerra, la demanda impositiva, la batalla sin fin… También puede comenzar un vínculo de solidaridad: ya no el rapto del enamoramiento, ya no la eternidad de las batallas, sino la cotidianidad, la solidaridad, el cuidado mutuo, el placer compartido. Después del flechazo, hay posibilidad de otro encuentro (oportunidad que un psicoanálisis puede abrir). Ya no se trata del sueño del hipnotizado, ni de una guerra interminable; se trata de compartir el dolor de vivir: consolarnos mutuamente de algo incurable e indescifrable…

Abraham Godínez Aldrete

Primavera de 2014

Guadalajara, Jal. México

 

miércoles, 5 de febrero de 2014

Prolegómeno a una analogía posible entre el escritor y el psicoanalista: "Elizabeth Costello" de J. M. Coetzee


La escritura también es, de manera muy literal y hasta en el valor de una “archiescritura”, una voz que resuena.

Jean-Luc Nancy

 

Elizabeth Costello sufre de sinceridad. Alcanzó la fama con su cuarta novela La casa de Eccles Street, en el que desarrolla una historia sobre Marion Bloom (mujer de Leopold Bloom, protagonista del Ulises de James Joyce). En esta novela Elizabeth describe el matrimonio como una prisión: la mujer queda encerrada en casa y el varón en el exterior (así que tenemos a Odiseo intentando entrar y a Penélope intentando salir, [Coetzee, 2006: 19]).


Elizabeth Costello es una novela de Coetzee que relata la historia de esta escritora (¿alter ego de Coetzee?) Elizabeth nació en 1928 en Australia. En la novela tiene sesenta y siete. Por lo tanto el relato se desarrolla en 1995. Elizabeth prefiere la soledad: padece las apariciones públicas. Sin embargo, participa en conferencias universitarias, charlas culturales en barcos, reuniones de asociaciones de beneficencia… No le va bien, pero no deja de asistir. Es una locura seguir con esto: es un disparate presentarse en público y ser honesto, pero los locos siempre son sinceros (Coetzee, 2006: 118).


Elizabeth es reacia a acallar sus opiniones. Dice lo que piensa sin importar el escándalo de los eruditos y de las “buenas conciencias”. Cada charla es un problema para ella: alborota a los intelectuales cuando compara los rastros con los campos de concentración (fábricas de muerte,  [Coetzee, 2006: 103]); horroriza a los humanistas cuando destaca el banal negocio de la universidad (Puede que sea forastera, pero si le preguntaran cuál es la disciplina central hoy día en la universidad, ella diría que es ganar dinero [Coetzee, 2006: 131]); atemoriza a los novelistas cuando reprueba la mística de la literatura africana o cuando hace una precaución sobre la tinta cruel y exhibicionista de algunos relatos; y aterroriza a los católicos cuando hace una crítica al dios débil, feo y moribundo (¿Por qué un Cristo agonizando entre contorsiones en lugar de un Cristo vivo? Un hombre en la flor de la vida, de treinta y pocos años. ¿Qué tienes contra mostrarlo vivo, en toda la belleza de su vida? Y ya que hablamos de esto, ¿qué tienes contra los griegos? Los griegos nunca habrían hecho estatuas y pinturas de un hombre en plenos estertores, deformado, feo, y luego se habrían arrodillado ante esas estatuas y las habrían adorado, [Coetzee, 2006: 144]).  


Lo único que quiere Elizabeth es quedarse callada, pero habla. Coetzee describe muy bien el dolor de hablar. Hay un sentimiento de culpa cuando se dice lo que se piensa. Es más fácil no contradecir la habladuría y participar con el guión a representar. Sin embargo, Elizabeth Costello se resiste a ser sólo una repetidora de ideas. No ha aprendido a fingir.


El libro nos cuenta sus desavenencias con el “gran público”. En el último capítulo, Elizabeth Costello es procesada por el mismo tribunal que enjuicia a Josef K. La justicia está perdida de antemano: la puerta de la ley está destinada a ella, pero no podrá cruzarla nunca. El tribunal le exige que explique sus creencias. Ella dice que no es creyente. Desde el primer capítulo ella había dicho que el realismo nunca se siente cómodo con las ideas.  Ahora se lo dice a sus jueces: no cree en nada. Ellos le dicen que sin creencias no es humana. A ella las creencias le estorban, por eso termina siendo iconoclasta.
 

Hay oficios que no pueden convivir con la creencia. La escritura y el psicoanálisis pertenecen a este tipo de oficios. Elizabeth se auto-designa como secretaria de lo invisible. Esta descripción podría también definir el oficio de un psicoanalista Un secretario es aquel que se le confía un secreto para que lo guarde. También puede ser un escribiente, tiene el encargo de escribir lo que se le dicta. En la función del secretario confluyen el oficio del psicoanalista y del escritor, ambos se ocupan de la voz del otro (el psicoanalista en la primera acepción, el escritor en la segunda). Elizabeth dice que es secretaria de lo invisible, entonces podemos preguntar esto: ¿Qué es aquello invisible que el psicoanalista y el escritor oyen?
 

De momento, lo único que oye es el lento latido de la sangre en sus oídos, igual que lo único que siente es el suave contacto del sol en su piel. Por lo menos eso no se lo tiene que inventar: ese cuerpo mudo y fiel que la ha acompañado a cada paso del camino, ese monstruo amable y torpe que le ha tocado cuidar, esa sombra hecha carne que se yergue sobre dos patas como un oso y se lava a sí misma continuamente y desde dentro con sangre. No solamente está ella dentro de ese cuerpo, dentro de esa cosa que no podría haber imaginado ni en mil años, tan fuera de su alcance se encuentra, sino que de alguna forma ella es ese cuerpo. Y a su alrededor en la plaza, en esa hermosa mañana, la gente también es en cierta forma sus cuerpos. (Coetzee, 2006: 214)


Lo invisible es el cuerpo humano. No el cuerpo representado, sino el sentir del cuerpo. El cuerpo afectivo es el ser vivo, mortal y desvalido que somos. Al escribir el poeta da voz a la realidad del otro, al cuerpo de los otros (su escritura es la resonancia de esta voz); al escuchar el psicoanalista da voz al otro (el psicoanalizante puede escucharse a sí mismo y recuperar su voz), a los afectos del paciente. Ambos son secretarios del otro.
 

En el seminario titulado Las psicosis, Lacan dice que la función del psicoanalista es la de ser secretario de la palabra del alienado. Para ser secretario es necesario no tener creencia o, más bien, no creer en lo que se cree (ni tan siquiera en los dogmas del psicoanálisis). En eso se parece el psicoanalista al escritor: el escritor no enjuicia a sus personajes, el psicoanalista no califica a su paciente. El psicoanálisis y la escritura dan voz a la realidad humana, acontecen sin ideales. Elizabeth subraya esta condición, la de no ser creyente, para poder ser secretario del otro. Así se lo dice a sus jueces:


―Soy escritora y lo que escribo es lo que oigo. Soy una secretaria de lo invisible, una de las muchas que ha habido en la historia. Esa es mi vocación: secretaria del dictado. No me corresponde interrogar ni juzgar lo que me es dado. Simplemente escribo las palabras y luego las pongo a prueba. Pruebo su solidez para asegurarme de que he oído bien.

[…]

―Antes de poder entrar se me pide que declare mis creencias ―lee―. Y yo respondo: una buena secretaria no debe tener creencias. Es inadecuado a su función. Una secretaria simplemente debe estar disponible, esperar la llamada.

[…]

―En mi trabajo, una creencia es una resistencia, un obstáculo. Intento vaciarme de resistencias.

[…]

―Para explicarlo de otra forma, tengo creencias, pero no creo en ellas. No son lo bastante importantes como para creer en ellas. No me las tomo a pecho. Ni eso ni siento ningún deber hacia ellas.

[…]

―Pero les advierto una cosa. Estoy abierta a todas las voces, no solamente a las de los asesinados y los violados. ―Intenta mantener la voz firme llegado este punto, intenta no dejar escapar ninguna nota que pueda ser considerada forense―. Si quien decide convocarme con sus asesinos y sus violadores, para usarme y hablar a través de mí, también les prestaré atención, no los juzgaré.

―¿Creen que los culpables no sufren también? ―dice―. ¿Creen que no llaman a gritos desde las llamas? “¡No me olvidéis!”, gritan. ¿Qué clase de conciencia haría caso omiso de semejante agonía moral?  (Coetzee, 2006: 203-208)

 
Como secretario de lo invisible, el psicoanalista está más cerca de la poesía que de la psiquiatría: puede escuchar la realidad sin juzgarla. Elizabeth se ha hecho secretaria de las mujeres, de los animales, de los sometidos, de los acusados, de los inválidos, de los viejos… El psicoanalista y el escritor son secretarios de la experiencia de vivir, sabiendo que esto significa ser capaz de morir. La condición de su oficio es no ser creyente, por eso el psicoanálisis y la escritura son oficios de la soledad. Esto no significa estar aislado, sino estar al margen de las comunidades de creyentes. Sin creencias, el secretario está abierto al otro. 
 
La función del secretario es una apertura sin ideal trascendental. Su función no es la moralina, ni la enseñanza en la universidad, ni la salud, ni el negocio, ni el escenario público…  El secretario ejerce su función (darle voz al otro) en la intimidad del sufrimiento y en la soledad del no creyente. Ambos son oficios del deseo de hacer escuchar, sentimiento que permite compartir el ser ajeno.
 

 
Abraham Godínez, miércoles 5 de febrero de 2014.

Guadalajara, Jal. México

 

Referencia:

 

·         Coetzee, J. M. (2006). Elizabeth Costello. Trad. Javier Calvo. México: Random House Modadori, 2006.

 

jueves, 30 de enero de 2014

In memoriam: José Emilio Pacheco


Somos los indefensos que se hunden
en la noche que no pidieron


José Emilio Pacheco
(Fragmento del poema Los indefensos

 

Podemos comprendernos y compadecernos porque compartimos el mismo destino. Nada más petulante que creerse eterno. Los negadores de la fugacidad desean abandonar la condición humana: anhelan ser dioses, los "salvados" miran por encima del hombro. José Emilio Pacheco era un hombre sencillo y trágico: aceptaba la realidad. Asumió la muerte y el tiempo fue un tema importante en su poesía. No se escondía con idealismos banales. Decía que el mundo es horrible, y tenía razón. José Emilio era un poeta sensible, un hombre extraordinariamente amable. Era imposible no quererlo.

En 2008 y 2009 mantuve correspondencia con José Emilio. Yo dirigía la revista semestral de psicoanálisis Non nominus. Estábamos preparando el noveno número: Psicoanálisis y Literatura. Fernando del Moral le presentó la revista que editábamos Gabriela Gómez, María Luisa González y yo. A José Emilio le gustó mucho. Lo invité a colaborar. Le envié un correo. Él agradeció la invitación y nos compartió cinco poemas que en aquél tiempo no habían sido publicados. Él deseaba que salieran todos juntos, pues conformaban una unidad.  

La correspondencia siempre fue cordial. Desde el primer correo electrónico él me ofreció su amistad. Yo me sentía agradecido por la posibilidad de compartir palabras con uno de nuestros mejores poetas.

Sufríamos con las computadoras. Frecuentemente nos hacían malas jugadas. José Emilio era riguroso con la ortografía, y eso volvía loco al ordenador. El 29 de agosto de 2008 él me escribía al respecto:


Doctor:

 Le he enviado muchas veces el texto y me lo devuelven.
 Al parecer el problema es el acento de Godínez, que sin embargo aparece en la dirección que está en su carta.
 Lo escribo sin acento y de nuevo lo rechazan.
 Habrá que psicoanalizar a este fantasma electrónico.

(29 de agosto de 2008)

 

José Emilio sabía bien que las máquinas se devoran lo humano. No creía en la tecnología ni en el progreso. Me recordaba a Walter Benjamin: le aterrorizaba la destrucción del humano a favor de la técnica (el horror del mundo). A veces me enviaba correos que no me llegaban y viceversa. Me contaba sus desventuras:

 

Le escribí una carta de inmediato. Al intentar enviarla desapareció ¿Quién psicoanalizará a las computadoras y su inescrutable hostilidad contra los seres humanos?

(26 de noviembre de 2008)

 

La revista Non nominus publicó los cinco poemas que nos envió. Respetando su obra, publicamos un poema en cada página, tal cual él lo había solicitado:


Desde luego lo ideal es un poema por página, ya que se trata de algo audiovisual en el sentido más puro de la palabra: un texto que se lee y se ve al tiempo que se escucha.

(30 agosto de 2008)

 

José Emilio era un hombre sin dobleces. Más que la celebridad, buscaba la tranquilidad. De la FIL decía que era un caos infinito. Prefería que no nos reuniéramos en la Feria: ahí no se puede conversar. Debido a que sufría con los viajes, los tumultos y la actividad pública, nos mencionó que no podría estar en la presentación del noveno número de la revista Non nominus:

 
Mi querido Abraham:

Después de los homenajes a Monsiváis y a Fuentes, la feria y el ciclo del CN no tengo fuerza ni ánimo para hacer nada más en lo que resta del año. Sólo de pensar en el viaje al aeropuerto siento escalofríos. Además ya la vida literaria ha sustituido a la literatura y lo que yo quería era escribir. Por favor comprenda mi situación y reciba todo mi agradecimiento. Un abrazo

 José Emilio

(26 de Noviembre de 2008)


José Emilio amaba la literatura. La vida literaria era un mal necesario. La escritura requiere de tiempo y de soledad. Lo entendemos porque en psicoanálisis sucede algo similar: la vida psicoanalítica (las universidades, los congresos, los coloquios, las presentaciones de libros, las sociedades, los institutos, las escuelas y las redes de psicoanálisis) sustituyen al psicoanálisis mismo (espacio de intimidad y soledad en el que se cuenta el dolor).

José Emilio padecía con tanto trabajo que tenía. Estaba rebasado de compromisos y soportaba el dolor del cuerpo. A veces sus respuestas eran apresuradas; aún así, siempre respondía. Sufría de una amabilidad irrenunciable.

El noveno número de la revista Non nominus lo presentamos en una fría noche del 12 de diciembre de 2008 en el patio del Ex-Convento del Carmen (Guadalajara, Jal). Le enviamos la revista por correo postal. Agradezco mucho el tiempo que se tomó para leer la revista y comentar mi trabajo sobre Manuel Acuña:

Querido Abraham:

Gracias por la revista. La leí íntegra y me gustó mucho el ensayo sobre Acuña. Usted dirá que es un texto psicoanalítico y sin duda lo es pero también me resulta un ejemplo excelente de crítica literaria: da interés a lo que antes no interesaba y hace ver lo que no habíamos visto. Felicidades de verdad.

Siento mucho que las limitaciones de mi casa nos impida recibirlos como se merecen. Sólo (ya lo verá) hay espacio para un invitado. Pero podemos vernos aquí y, si me permiten, los invito a desayunar el jueves en alguno de los innumerables restaurantes que pueblan la Condesa.

(26 de enero de 2009)

María Luisa González, Gabriela Gómez y yo viajamos de Guadalajara a la Ciudad de México. Presentamos la revista en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; sin embargo, no pudimos reunirnos con José Emilio. Lamentablemente él sufría de problemas de movilidad y decía que la Ciudad de México se había vuelto imposible. Contrario a nuestra voluntad, el jueves 12 de febrero de 2009 no pudimos encontrarnos con él porque debía asistir con su oftalmólogo en el Hospital Inglés. Cada tratamiento lo dejaba sin ver el resto del día. No nos conocimos en persona, pero lo hicimos a través del correo electrónico.

Aunque las computadoras nos trataban como Wanda de Dunaiew a Severino de Kusiemski, continuamos con nuestra correspondencia durante algunos meses más. Siempre me conmovió la gentileza de José Emilio. Le agradecí mucho su colaboración con Non nominus, lo sigo haciendo. Fue una fortuna haber publicado cinco de sus poemas y haber compartido cartas con él.

El tiempo es muerte, nuestro futuro seguro...   José Emilio vivirá en nuestra memoria.

 

Abraham Godínez, 30 de enero de 2014

 

Recordando a José Emilio Pacheco...


No existe el pesimismo. Uno apuesta a la vida.

al levantarse de la cama, hacer proyectos, hablar.

El mundo se sostiene en la creencia

de que la muerte y la tragedia pactaron

nada más con nosotros y nos dejan tranquilos

para que todo siga mediobien, mediomal

―hasta que un día irrumpe la catástrofe.

 

José Emilio Pacheco

Fragmento de Las ruinas de México (Elegía del retorno).

miércoles, 22 de enero de 2014

Por mera intuición, nada se piensa...


En Crítica de la razón pura, Kant (2003: 392) dice que por mera intuición nada se piensa. Para que haya un pensamiento crítico es necesario comprender conceptos que puedan complejizar aquello que se intuye. No hay clínica sin intuición, y no hay experiencia sin reflexión. Por eso la Filosofía es importante para el Psicoanálisis: permite comprender mejor el campo clínico y complejizarlo. No basta el empirismo clínico, la intuición o el anhelo de ayudar al paciente, la reflexión filosófica es necesaria. Comparto esta cita de Immanuel Kant que me parece muy pertinente tomar en cuenta:

 
[…] el entendimiento que se ocupa exclusivamente de su uso empírico, pero sin reflexionar sobre las fuentes de su propio conocimiento, sin duda puede muy bien adelantar; lo que no puede lograr es determinarse a sí mismo los límites de su uso sin saber qué es lo que está dentro o fuera de su esfera, pues para eso se requieren precisamente las profundas investigaciones que hemos llevado a cabo [Estética trascendental, Analítica trascendental y Lógica trascendental]. Y si no puede distinguir si están o no en su horizonte ciertas cuestiones, nunca estará seguro de sus derechos y de su posesión, sino que deberá prepararse para recibir numerosas y vergonzosas reprimendas si se sale continuamente de los límites de su esfera (como es inevitable) y se extravía en ilusiones y ofuscaciones. (Kant. I. Crítica de la razón pura, p. 381)

 

Si el Psicoanálisis se acerca más a la Filosofía, los psicoanalistas podrían comprender mejor sus límites. Así podrían evitarse las múltiples pifias y la gran cantidad de excesos que acontecen en la práctica clínica y en las disertaciones de algunos psicoanalistas. ¡Ufff!