miércoles, 5 de febrero de 2014

Prolegómeno a una analogía posible entre el escritor y el psicoanalista: "Elizabeth Costello" de J. M. Coetzee


La escritura también es, de manera muy literal y hasta en el valor de una “archiescritura”, una voz que resuena.

Jean-Luc Nancy

 

Elizabeth Costello sufre de sinceridad. Alcanzó la fama con su cuarta novela La casa de Eccles Street, en el que desarrolla una historia sobre Marion Bloom (mujer de Leopold Bloom, protagonista del Ulises de James Joyce). En esta novela Elizabeth describe el matrimonio como una prisión: la mujer queda encerrada en casa y el varón en el exterior (así que tenemos a Odiseo intentando entrar y a Penélope intentando salir, [Coetzee, 2006: 19]).


Elizabeth Costello es una novela de Coetzee que relata la historia de esta escritora (¿alter ego de Coetzee?) Elizabeth nació en 1928 en Australia. En la novela tiene sesenta y siete. Por lo tanto el relato se desarrolla en 1995. Elizabeth prefiere la soledad: padece las apariciones públicas. Sin embargo, participa en conferencias universitarias, charlas culturales en barcos, reuniones de asociaciones de beneficencia… No le va bien, pero no deja de asistir. Es una locura seguir con esto: es un disparate presentarse en público y ser honesto, pero los locos siempre son sinceros (Coetzee, 2006: 118).


Elizabeth es reacia a acallar sus opiniones. Dice lo que piensa sin importar el escándalo de los eruditos y de las “buenas conciencias”. Cada charla es un problema para ella: alborota a los intelectuales cuando compara los rastros con los campos de concentración (fábricas de muerte,  [Coetzee, 2006: 103]); horroriza a los humanistas cuando destaca el banal negocio de la universidad (Puede que sea forastera, pero si le preguntaran cuál es la disciplina central hoy día en la universidad, ella diría que es ganar dinero [Coetzee, 2006: 131]); atemoriza a los novelistas cuando reprueba la mística de la literatura africana o cuando hace una precaución sobre la tinta cruel y exhibicionista de algunos relatos; y aterroriza a los católicos cuando hace una crítica al dios débil, feo y moribundo (¿Por qué un Cristo agonizando entre contorsiones en lugar de un Cristo vivo? Un hombre en la flor de la vida, de treinta y pocos años. ¿Qué tienes contra mostrarlo vivo, en toda la belleza de su vida? Y ya que hablamos de esto, ¿qué tienes contra los griegos? Los griegos nunca habrían hecho estatuas y pinturas de un hombre en plenos estertores, deformado, feo, y luego se habrían arrodillado ante esas estatuas y las habrían adorado, [Coetzee, 2006: 144]).  


Lo único que quiere Elizabeth es quedarse callada, pero habla. Coetzee describe muy bien el dolor de hablar. Hay un sentimiento de culpa cuando se dice lo que se piensa. Es más fácil no contradecir la habladuría y participar con el guión a representar. Sin embargo, Elizabeth Costello se resiste a ser sólo una repetidora de ideas. No ha aprendido a fingir.


El libro nos cuenta sus desavenencias con el “gran público”. En el último capítulo, Elizabeth Costello es procesada por el mismo tribunal que enjuicia a Josef K. La justicia está perdida de antemano: la puerta de la ley está destinada a ella, pero no podrá cruzarla nunca. El tribunal le exige que explique sus creencias. Ella dice que no es creyente. Desde el primer capítulo ella había dicho que el realismo nunca se siente cómodo con las ideas.  Ahora se lo dice a sus jueces: no cree en nada. Ellos le dicen que sin creencias no es humana. A ella las creencias le estorban, por eso termina siendo iconoclasta.
 

Hay oficios que no pueden convivir con la creencia. La escritura y el psicoanálisis pertenecen a este tipo de oficios. Elizabeth se auto-designa como secretaria de lo invisible. Esta descripción podría también definir el oficio de un psicoanalista Un secretario es aquel que se le confía un secreto para que lo guarde. También puede ser un escribiente, tiene el encargo de escribir lo que se le dicta. En la función del secretario confluyen el oficio del psicoanalista y del escritor, ambos se ocupan de la voz del otro (el psicoanalista en la primera acepción, el escritor en la segunda). Elizabeth dice que es secretaria de lo invisible, entonces podemos preguntar esto: ¿Qué es aquello invisible que el psicoanalista y el escritor oyen?
 

De momento, lo único que oye es el lento latido de la sangre en sus oídos, igual que lo único que siente es el suave contacto del sol en su piel. Por lo menos eso no se lo tiene que inventar: ese cuerpo mudo y fiel que la ha acompañado a cada paso del camino, ese monstruo amable y torpe que le ha tocado cuidar, esa sombra hecha carne que se yergue sobre dos patas como un oso y se lava a sí misma continuamente y desde dentro con sangre. No solamente está ella dentro de ese cuerpo, dentro de esa cosa que no podría haber imaginado ni en mil años, tan fuera de su alcance se encuentra, sino que de alguna forma ella es ese cuerpo. Y a su alrededor en la plaza, en esa hermosa mañana, la gente también es en cierta forma sus cuerpos. (Coetzee, 2006: 214)


Lo invisible es el cuerpo humano. No el cuerpo representado, sino el sentir del cuerpo. El cuerpo afectivo es el ser vivo, mortal y desvalido que somos. Al escribir el poeta da voz a la realidad del otro, al cuerpo de los otros (su escritura es la resonancia de esta voz); al escuchar el psicoanalista da voz al otro (el psicoanalizante puede escucharse a sí mismo y recuperar su voz), a los afectos del paciente. Ambos son secretarios del otro.
 

En el seminario titulado Las psicosis, Lacan dice que la función del psicoanalista es la de ser secretario de la palabra del alienado. Para ser secretario es necesario no tener creencia o, más bien, no creer en lo que se cree (ni tan siquiera en los dogmas del psicoanálisis). En eso se parece el psicoanalista al escritor: el escritor no enjuicia a sus personajes, el psicoanalista no califica a su paciente. El psicoanálisis y la escritura dan voz a la realidad humana, acontecen sin ideales. Elizabeth subraya esta condición, la de no ser creyente, para poder ser secretario del otro. Así se lo dice a sus jueces:


―Soy escritora y lo que escribo es lo que oigo. Soy una secretaria de lo invisible, una de las muchas que ha habido en la historia. Esa es mi vocación: secretaria del dictado. No me corresponde interrogar ni juzgar lo que me es dado. Simplemente escribo las palabras y luego las pongo a prueba. Pruebo su solidez para asegurarme de que he oído bien.

[…]

―Antes de poder entrar se me pide que declare mis creencias ―lee―. Y yo respondo: una buena secretaria no debe tener creencias. Es inadecuado a su función. Una secretaria simplemente debe estar disponible, esperar la llamada.

[…]

―En mi trabajo, una creencia es una resistencia, un obstáculo. Intento vaciarme de resistencias.

[…]

―Para explicarlo de otra forma, tengo creencias, pero no creo en ellas. No son lo bastante importantes como para creer en ellas. No me las tomo a pecho. Ni eso ni siento ningún deber hacia ellas.

[…]

―Pero les advierto una cosa. Estoy abierta a todas las voces, no solamente a las de los asesinados y los violados. ―Intenta mantener la voz firme llegado este punto, intenta no dejar escapar ninguna nota que pueda ser considerada forense―. Si quien decide convocarme con sus asesinos y sus violadores, para usarme y hablar a través de mí, también les prestaré atención, no los juzgaré.

―¿Creen que los culpables no sufren también? ―dice―. ¿Creen que no llaman a gritos desde las llamas? “¡No me olvidéis!”, gritan. ¿Qué clase de conciencia haría caso omiso de semejante agonía moral?  (Coetzee, 2006: 203-208)

 
Como secretario de lo invisible, el psicoanalista está más cerca de la poesía que de la psiquiatría: puede escuchar la realidad sin juzgarla. Elizabeth se ha hecho secretaria de las mujeres, de los animales, de los sometidos, de los acusados, de los inválidos, de los viejos… El psicoanalista y el escritor son secretarios de la experiencia de vivir, sabiendo que esto significa ser capaz de morir. La condición de su oficio es no ser creyente, por eso el psicoanálisis y la escritura son oficios de la soledad. Esto no significa estar aislado, sino estar al margen de las comunidades de creyentes. Sin creencias, el secretario está abierto al otro. 
 
La función del secretario es una apertura sin ideal trascendental. Su función no es la moralina, ni la enseñanza en la universidad, ni la salud, ni el negocio, ni el escenario público…  El secretario ejerce su función (darle voz al otro) en la intimidad del sufrimiento y en la soledad del no creyente. Ambos son oficios del deseo de hacer escuchar, sentimiento que permite compartir el ser ajeno.
 

 
Abraham Godínez, miércoles 5 de febrero de 2014.

Guadalajara, Jal. México

 

Referencia:

 

·         Coetzee, J. M. (2006). Elizabeth Costello. Trad. Javier Calvo. México: Random House Modadori, 2006.