jueves, 29 de mayo de 2014

El Secreto, condición de la intimidad


Quiero ser dueño en mi propia casa, para poder recibir en ella a quien quiero.

Jacques Derrida.

 

El 10 de enero de 1996 Jacques Derrida decía que las posibilidades tecno-científicas amenazaban el espacio interno: ¡Uno ya no está en su propio hogar! La posible vigilancia cibernética, la intrusión en las computadoras y en los celulares, la invasión en los correos electrónicos, la intromisión en las cuentas de redes sociales, hacen imposible el resguardo de la intimidad.

 

Peter Sloterdijk dice que el ser humano vive en esferas. Una esfera es un espacio íntimo cerrado. La vida es posible porque hay una casa en la cual se puede habitar. El hogar es un espacio reservado. Hay ventanas y puertas para mirar o hacer pasar al otro, pero es un espacio delimitado: es necesario tocar la puerta. El dueño de la casa decide a quien invita a pasar. En Esferas I,  Sloterdijk se toma el trabajo de describir los espacios de intimidad en interacción con el otro. Sin embargo, podemos decir que también hay un espacio de intimidad de interacción con uno mismo. Este espacio íntimo y propio es el lugar del secreto.

 

Cada ser humano se siente a sí mismo en un espacio interno. No hay vida interior y no hay intimidad si no hay derecho al secreto. En un texto importante, El derecho al secreto: condición para poder pensar, Piera Aulagnier demuestra que la vida subjetiva del niño comienza a latir cuando descubre que puede mentirle a su  madre. La posibilidad de guardar secretos salvaguarda la vida subjetiva del ser humano. Si no hay derecho al secreto, se precipita un sentimiento de catástrofe interior. Hay varias formas de locura asociadas a la imposibilidad del secreto: decir todo lo que se piensa (sin la posibilidad de reservarse algo);  imaginar que el otro sabe todo; sentir que el otro vigila las acciones y los deseos. En estas modalidades de  paranoia hay una constante: hay un otro omnipotente del cual no es posible sustraerse. No se le puede cerrar la puerta.

 

El derecho al secreto crea un espacio psíquico que se habita. El pensamiento puede ser placentero porque no representa un peligro. Por ejemplo: el niño puede contradecir en su fuero interno a sus padres sin el temor a ser abandonado o castigado. Guardar secreto es conservar una vida psíquica separada del otro. Por eso puede haber vínculo: no hay invasión, sino respeto a la alteridad. Cuando hay posibilidad al secreto, el vínculo con el otro puede ser placentero y la vida interna puede ser creativa; de lo contrario, el vínculo se vuelve invasivo y el espacio interno se experimenta como peligroso (en cualquier momento puede ser expuesto).

 

Uno de los problemas de las tecnologías actuales es la posibilidad siempre presente de ya no poder cerrarle la puerta al otro. Hackear los archivos electrónicos personales es una perversión. Al hackear se invade la intimidad del otro, se expone su espacio interno e inevitablemente se destruye su subjetividad más íntima. El propósito del hacker no sólo es mostrar, sino angustiar, escindir y torturar al otro. Vigilar las cuentas electrónicas (de computadora o de celular) es una actividad perversa frecuente en los vínculos de pareja, en las relaciones parentales y en los vínculos de desconfianza y rivalidad. Es común que se justifique la invasión de la intimidad con un discurso moral de tipo kantiano: exponer la intimidad se impone como un imperativo categórico que se justifica con la obligación de decir la verdad. En Kant con Sade Lacan mostró el fondo sádico de la razón práctica kantiana. El problema aumenta cuando el Estado se autoriza invadir la intimidad de los ciudadanos con el pretexto de la seguridad nacional. El amo oferta protección por sometimiento. El Estado pervierte sus funciones. Derrida describe el problema así:

 

Es el efecto paradójico de lo que aquí llamamos la pervertibilidad, la perversión siempre posible y en verdad virtualmente inevitable, fatal, de esta violencia estatal o de ese derecho: borrar el límite entre lo privado y lo público, lo secreto y lo fenoménico, el propio-hogar (que hace posible la hospitalidad) y la violación  o la imposibilidad del propio-hogar. Esta máquina prohíbe la hospitalidad, el derecho a la hospitalidad. (Derrida, 2000: 67)

 

Nos encontramos frente a un Estado perverso. Si la ley se permite a sí misma invadir la privacidad de las cuentas electrónicas, ¿qué se puede esperar del respeto que la pareja, los familiares, los rivales, las instituciones puedan tener por el espacio íntimo del otro?

 

Sólo puede haber hospitalidad cuando el otro puede tener una casa propia (espacio subjetivo íntimo) en el que se reserva el derecho de hacer pasar. Si el otro no puede decidir sobre su propia intimidad, se acabó el espacio interno y el vínculo hospitalario; comienza un vínculo invasivo y una vivencia paranoide (una experiencia torturante).   

 

Si Peter Sloterdijk ha establecido que la vida es vivible cuando hay esferas íntimas que se pueden llamar hogar, ¿qué vida será posible ahora que cada vez es más difícil, casi imposible, poder reservarse un espacio íntimo?

 

Abraham Godínez 
Primavera de 2014 

 

 

Referencias:

Aulagnier, P. El derecho al secreto: condición para poder pensar en Un intérprete en busca de sentido. Trad. María del Pilar Jiménez. 2°ed. Siglo xxi editores: México, 2005.

Derrida, J. (2000). La hospitalidad. Trad. Mirta Segoviano. Ediciones de la Flor: Buenos Aires, 2000.

Sloterdijk, P. Esferas I. Burbujas. Microesferología. Trad. Isidoro Reguera. 4° ed. Siruela: Madrid, 20111.